viernes, 11 de julio de 2025

 

"El desmadre, cuando está
bien hecho, es alta literatura":
Carlos Velázquez

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Daniel López Aguilar/ La Jornada

Con olor a machaca recalentada, cerveza tibia, rezos a San Judas Tadeo y ecos de los Cadetes de Linares en un iPod, regresa La biblia vaquera, de Carlos Velázquez, ahora publicada por la editorial Océano.

 

Esta redición no es un gesto nostálgico, sino la confirmación de la vigencia de un texto que redefinió la narrativa del norte mexicano con humor corrosivo, imaginación delirante y una propuesta estética que convirtió la sátira en un acto de resistencia.

 

"Mi intención era mostrar que esa región es mucho más que historias de capos", señaló el autor, nacido en Torreón, Coahuila, en 1978, amante de los conciertos, los riffs de Los Ramones y las distorsiones del lenguaje.

 

“Detrás de la fascinación por la narcocultura se esconde un estrato de identidad muy rico, y este libro fue mi forma de explorarlo. También fue una respuesta a la literatura solemne, ésa que se toma demasiado en serio a sí misma y termina empolvándose en la academia.”

 

Velázquez trabajó 10 años en una tienda de discos antes de convertirse en cronista y narrador. Pero fue La biblia vaquera la obra que, en sus palabras, lo lanzó de escritor.

 

"Antes había publicado otro libro, pero no me sentía autor. Con este proyecto supe que me dedicaría a escribir cuentos el resto de mi existencia".

 

La nueva publicación conserva el manifiesto explosivo que lo caracterizó desde su primera aparición en 2009: una colección de relatos interconectados que habitan un mapa imaginario poblado por luchadores, diyéis, traileros, cantineros, ex mojados, burritos, conectes de droga y sombras paradójicas de la historia patria, como apunta su contraportada.

 

"La idea de inventar un espacio geográfico propio viene de Burroughs. Él hablaba de zonas donde cunde el mal. Yo quise hacer algo similar, pero en clave norteña, donde todo cupiera: desde la cultura popular hasta las resonancias de Joyce o Cortázar", añadió.

 

“Este ejemplar rehúye las formas convencionales de narrar. Es una construcción hecha con base en guiños, como si un mezclador de sonidos uniera pastiches literarios y vivencias callejeras para formar un nuevo ritmo: el del lenguaje como criatura viva, agazapada en la esquina de cada frase.

 

“En aquel momento sentía que los escritores mexicanos intentaban matar la lengua. Yo no. Quise escuchar. A la calle, a los libros, al habla del norte. Con eso intenté crear un nuevo sonido, uno que respondiera a una necesidad de reinvención que muchos padecíamos.

 

"El resultado es una prosa que oscila entre el balbuceo punk y la elocuencia de un predicador borracho en una cantina de estación abandonada".

 

En el texto, el humor no funciona como simple alivio: es una navaja afilada, una risa que corta hondo.

 

Para Carlos Velázquez, "los que nos reímos nos tomamos más en serio la realidad. En una cena, ¿dónde prefieres estar? ¿Con gente tiesa como monos de cera o con personas que ríen hasta las lágrimas? Yo elegí hace tiempo. Eso quizá me haya costado lectores, pero no escribo para agradar a los guardianes del discurso predominante".

 

Las influencias que laten en estas páginas son tan múltiples como contradictorias: desde Carretera perdida, de David Lynch, que inspiró la estructura de rencarnación narrativa, hasta Mantra, de Rodrigo Fresán; El perseguidor, de Cortázar, y la música como una verdadera ideología.

 

“No es sólo sonido. Es parte del ADN del libro. La música también escribe. A veces con riffs, otras con silencios”, enfatizó el autor.

 

Frente a la amenaza del lenguaje neutro, que tiende a homogeneizar voces y acentos, Velázquez se mantiene firme en su disidencia. La biblia vaquera no pide permiso: irrumpe como bicho raro en la fiesta solemne de las letras mexicanas y prende la consola con un ruido irreverente.

 

"Hoy domina una sola corriente literaria. Me negué a subir a ese tren, y estoy bien con eso, porque el desmadre, cuando está bien hecho, también puede ser alta literatura. Aquí, sin duda, lo está", concluyó.

 

https://www.jornada.com.mx/noticia/2025/07/08/cultura/el-desmadre-cuando-esta-bien-hecho-es-alta-literatura-por-eso-volvio-la-biblia-vaquera

jueves, 12 de junio de 2025

 

María Sabina…
Los precios de la fama


Álvaro Estrada

https://ojarasca.jornada.com.mx/2024/10/12/maria-sabina-los-precios-de-la-fama-5814.html

 

Cuando terminé de escribir la biografía de María Sabina, la sabia de los hongos, a fines de 1976, ella quedaba con un tumor en la cadera derecha. Era una protuberancia carnosa que casi parecía un dedo gordo inflamado; consecuencia de un disparo de arma de fuego. (Sabina cree que la fatalidad la persigue desde que reveló al mundo el secreto del ritual de los hongos sagrados, que los mazatecos de la región norte de Oaxaca practican como herencia ancestral. Ella no culpa de nada a Gordon Wasson, su anglosajón descubridor y publicista, sino que acepta “su” responsabilidad con la parte que le corresponde en esa historia que a nuestros días, tiene sus ramificaciones de leyenda).

 

Yo entregaba mi manuscrito a Siglo XXI Editores en septiembre de 1977, quedando Sabina en su casa de adobes, a merced de su familia parásita, compuesta por un hijo —la excepción, ya que es el único que se ha separado del grupo familiar—, tres hijas y unos diez nietos. Tales condiciones poco cambiarían en estos últimos siete años.

 

En tanto se preparaba la impresión de las Confesiones de María Sabina —título original de la obra y que fue cambiado a sugerencia de Octavio Paz y el editor Arnaldo Orfila—, una beca para estudios de posgrado en ingeniería habría de llevarme a Italia durante el primer semestre de 1977.

 

A mi regreso me enteré de algunos detalles ocurridos a la sabia mazateca.

 

En los primeros días de mayo de 1977, por un pleito casero, uno más en la vida de María Sabina, una de sus hijas —espero que sobre mí no se cumpla aquello de que “¡Cuidado con la lengua, que allí está la muerte!”—, la prendió de los cabellos y la azotó al suelo. La débil anciana, entonces de unos 83 años, cayó sobre la cadera enferma, lastimándose gravemente.

 

Sin pedir auxilio médico a nadie, Sabina esperó que su lastimadura sanara por sí sola; lo que no ocurrió, pues la herida comenzó a supurar sin alivio. Para entonces algunos admiradores de la sabia se habían enterado de su situación por lo que solicitaron la intervención del gobernador del estado de Oaxaca, profesor Zárate Aquino, para proporcionarle atención médica. Pronto, una ambulancia arribó a Huautla para transportar a la anciana a la ciudad capital, Oaxaca. La tripulación ambulante no encontró a la enferma reposando o convaleciendo en su cama de tablas, de tradicional manufactura huautleca. Los parientes informaron que la shamana1 se encontraba camino a Mazatlán —cuna de la revolucionaria familia Flores Magón— situado a unos siete kilómetros de Huautla. Estos pueblos están comunicados por un camino sinuoso, de pendientes exageradas, como todos los caminos de la sierra y por los que el indio transita con naturalidad y agilidad, moviendo con rapidez los pequeños pies descalzos, curtidos y callosos en las plantas.

 

Los hombres del gobernador tuvieron que rastrear los pasos de María Sabina, con el auxilio de un nativo, acortando por veredas y atajos en ocasiones, en tanto que la ambulancia esperaba en la parte más cercana a la carretera. La anciana, como se intuye, había decidido viajar a pie, pudiéndolo hacer en alguno de los vetustos autobuses que comunican entre sí a algunas rancherías. Al fin, el guía-identificador señaló a la shamana quien caminaba aprisa, considerando su edad y su mal, acompañada de uno de sus nietos. Uno de los que ella ha criado.

 

María explicó que se dirigía a dejar flores y velas de cera pura al santo patrono de 
Mazatlán. Cuando joven, ella iba a las fiestas de las rancherías a vender café y pan. Ahora, en la vejez se dedicaba a adornar a sus santos con mayor libertad aunque con más dificultad. Los camilleros le explicaron el deseo del gobernador y después de que comprobaron que la lesión estaba complicada, la subieron a la ambulancia con todo y nieto y se la llevaron a Oaxaca, donde le practicaron una operación para extirparle aquella vieja tumoración, mantenida durante casi veinte años y a unos días de haber reventado. Ya otras personas le habían propuesto operarse, antes del incidente con la hija, pero no había aceptado por temor a la medicina occidental por “extraña”.

 

Después de ocho días de convalecencia, la anciana regresó con su nieto a Huautla.

 

En otro pleito casero, la hija le mordió el brazo derecho. Al mostrarme la cicatriz, en forma de media luna y de unos ocho centímetros de longitud, me dijo: “Mira, quedó peor que si me hubiera mordido un perro”.

En 1978, ya encontrándome en México, se presentó otra tragedia: Un vecino, ebrio, tenía ganas de “estrenar” un rifle. Así que aparentó un pleito con el nieto-acompañante de la anciana Sabina y lo asesinó de dos tiros. La sufrida abuela exigió justicia a las autoridades de Huautla pero nadie la quiso escuchar. El asunto fue olvidado y encapsulado como simple pleito de borrachos.

 

Y la vida siguió su curso. En 1979, la Dirección de Cinematografía, dependiente del gobierno mexicano, ordenó la filmación de un cortometraje titulado María Sabina, Mujer Espíritu. La shamana asistiría después a la premier, ataviada en su huipil de Huautla, evento realizado en el cine Regis de la Ciudad de México.

 

Sabina recibió como pago de su participación en el cortometraje una tiendecita de abarrotes que fue instalada en su propia casa. Se la obsequió Nicolás Echevarría, el director del filme. La tiendecita duró relativamente poco. Y es que llegaban las vecinas paupérrimas, vestidas con sus huipiles andrajosos a pedir fiado un kilo de frijol, de azúcar, de arroz, cigarros, cervezas, cerillos, sodas... Claro, las hijas y los nietos tenían prioridad en cuanto al saqueo.

 

Allí terminó una de las “ilusiones” de la legendaria María, tener una tiendecita.

 

Con el antecedente de la rapiña, el gobierno no le dio dinero en efectivo a la sabia como pago por su participación en el filme, sino que le instaló una casa campestre de madera junto a su antigua vivienda de adobes y piso de tierra, para que “viviera con más decoro”. Desde luego la anciana tardó años para aceptar su nueva casa y cuando lo hizo le encontró defectos; no tenía acometida de corriente eléctrica ni de agua potable. ¿Qué caso tenía contar con WC dentro de la casa si no podría usarse? Si ella dice en sus cantos shamánicos (durante el trance) que es la Mujer Luz de día, Mujer Luna, Mujer Piedra de Sol, eso no quiere decir que no desea, en el fondo, manipular un interruptor de circuito de electrones que permitiera, a capricho, prender y apagar las bombillas de la sala. En estos tiempos, los usuarios de la magia precortesiana también deben tener derecho de ser usuarios de los descubrimientos del hombre blanco.

 

Un hecho que no han entendido los periodistas pese a su “olfato innato” es el siguiente. Lo primero que “descubren” al llegar a visitar a María Sabina es su pobreza. A primera vista la ven andrajosa y sucia, lo que es ya buen tema para fotografiar y “leadear”. Esperan encontrarse a una maga pintarrajeada de colorete, con collares y anillos de oro, con asistentes y consultorio habilitado de antesala y aire acondicionado al tipo de algunos “brujos” de Catemaco, de farsantes con esfera adivinadora o tal vez con sahumerios y ollas de caldos hirvientes.

 

No conocen lo auténtico. María Sabina viste en andrajos porque “está en casa”, pero tiene huipiles para vestir elegantemente en las grandes ocasiones. A fin de cuentas ella es como los profanos citadinos de clase media, que en casa visten la peor ropa que está a la mano. Tal vez es la playera habitual para lavar el carro, o el pantalón desteñido, otrora presumible, que se ciñe para podar las plantas. Así es María en su habitat. Si como consecuencia de su fama, ha tenido más dinero que sus vecinas andrajosas —éstas sí, andrajosas naturales—, no lo propala.

 

 Descubierta por Wasson a sus 60 años, no por eso iba a cambiar de vida, pasara lo que pasara, menos si desconoce el pensamiento y comportamiento del “civilizado” de Occidente, sin considerar que en la vejez, el ser humano se vuelve tacaño y el dinero no está para derrocharse como lo haría algún joven irresponsable. Además hay pudor: si usted le obsequia a Sabina dos mil pesos, ella dirá más tarde que sólo recibió quince o veinte pesos. Es que de los tratos privados, no tiene por qué enterarse el mundo...

 

Bueno, si la vida de María Sabina en estos últimos siete años no han sido de dicha ilimitada, tampoco lo ha sido de desdicha plena. En 1980, decidió contraer matrimonio con un anciano de 80 años. Ella tenía 86. La boda se realizó en Huautla. Para ello se celebró, especialmente, una misa. Ya en casa (de Sabina) la pareja bailó un poco al compás de la Flor de Naranjo2 y los invitados bebieron, comieron y también bailaron. Ella misma nos contó la historia: “Un día llegó a visitarme un hombre viejo, que dijo llamarse Trofeto3 y venía de Barranca Seca (pueblo vecino). Dijo ser viudo y que se sentía solo. Que sus hijos eran ya grandes y cada uno dedicado a su familia. Me visitó otras veces y platicamos; hasta que me propuso que nos casáramos.

 

“Ya me había puesto a pensar que el fin de mis días se acercaba, que a cada año que 
pasa se inmobiliza más y más mi cuerpo y que yo también me siento sola. Muy sola. Que me alegran ustedes mis amigos cuando me visitan y me pongo triste cuando se van.

 

“Así que decidí casarme con Trofeto. Compartiríamos el resto de nuestras vidas. Además tendría la oportunidad de enfrentarme a Dios cuando a la hora de presentarme ante él preguntara: “¿Te casaste ante mí?”. Le respondería que sí. En mis anteriores matrimonios no me casé. Ni ante la autoridad ni ante la iglesia.

 

“Se hizo la boda y vinieron mis vecinos y amigos. Yo pagué los gastos del casamiento: la misa, los músicos y la bebida...”.

 

Pero el insólito y sin embargo feliz matrimonio, duró pocos días. Otra vez, la insidia familiar. Los nietos comenzaron a hostilizar a Trofeto como jauría tras la presa. No quisieron reconocerlo como “abuelo”. Lo tacharon de advenedizo y le echaron en cara el no ser capaz de mantener a su mujer. La ambición les aconsejó ahuyentarlo. En caso de que la abuela muriera ¿quién sería el dueño de las casas y el terreno?

Trofeto no estaba para soportar el acoso injurioso y cotidiano, así que en una mañana, tomó sus pertenencias y regresó a Barranca Seca.

 

Ahora Sabina sigue extrañando a Trofeto.

 

Para evitar riesgos innecesarios, un nieto le sustrajo la escritura del terreno —único— en que vive Sabina. De paso se llevó los ahorros.

 

(Y otra vez) Sabina recurrió al juez establecido en Huautla. El señor autoridad requirió los elementos del caso para proceder. Pidió que se presentaran los testigos del robo y el comprobante del ingreso del dinero.

 

“Fue él quien me robó la escritura y el dinero. Tengo razones para decirlo”, exclamó débilmente la mujer indígena más famosa de México. El juez no quiso proceder. Sólo mantuvo al inculpado dos días en la cárcel. “¡Piojoso juez!”, dijo Sabina y no volvió a pedir justicia. Nada recuperó.

 

En los primeros días de marzo de 1983, Sabina llegó a la Ciudad de México. Quienes la trajeron aseguraron que estaba agonizante (lo que no era cierto). Los periódicos, la radio y la televisión difundieron su “grave enfermedad”. Al ser entrevistada afirmó que debido a su edad, ya no tomaba los hongos sagrados. Lo que no le dijo fue que no los tomaba en cantidad ceremonial, pero que sí comulga con dos o tres honguitos, de cuando en cuando, para “darse fuerza”. No había tal enfermedad, sólo achaques de anciana. La visité y platicamos. Escuché sus palabras pausadas: “Ya estoy vieja. Es un problema para mí moverme dentro de la casa. Sufro hasta para hacer mis necesidades. Mis familiares poco ayudan. Pero mi vejez es el problema. Cuando tomo atole, haz de cuenta que estoy bebiendo orines. El alimento ya no tiene sabor agradable para mí”.

 

Antes de partir a Huautla, estuvo dos días en mi viejo apartamento de Iztapalapa y reiteré la invitación de quedarse aquí, en la Ciudad de México, el resto de sus días. No quiso. ¿Quién cuidaría de los pollos? ¿Quién revendería la leña almacenada en casas? Se llevó dinero. Aportación de amigos y admiradores. Pero sigue el problema: sus familiares acostumbrados al comercio de los honguitos sagrados y a las dádivas de los visitantes, no trabajan y cuando falta el dinero, acosan y maltratan a la señora.

 

Se fue María Sabina de la Ciudad de México el 15 de marzo de 1983. Dos días después, el 17, esta legendaria Piscis cumpliría 89 años.

 

1.Adjetivo siberiano a ciertas personas con poderes mágicoreligiosos en la tribu.

2. La única pieza musical de los mazatecos.

3. Deformación de Perfecto.

 

Álvaro Estrada publicó Vida de María Sabina, la sabia de los hongos en 1977, en base a una serie de conversaciones en mazateco con la célebre mujer medicina de Huautla de Jiménez, Oaxaca, donde María Sabina nació en 1894. Seis años después, en 1983, aún en vida de la curandera, quien moriría en 1985, Estrada publicó este testimonio en La Cultura en México, suplemento de la revista Siempre! Autor también de Huautla en tiempos de los hippies. Falleció en 2008.

miércoles, 19 de marzo de 2025

 


María, de 88 años de edad, en su domicilio de Cádiz (España) y del que iba a ser desahuciada el 10 de mayo. En su apoyo, el Cádiz Club de Fútbol adquirió la vivienda para garantizar que María pueda seguir habitándola. (FOTO: Paco Fuentes)

domingo, 17 de noviembre de 2024

 

José ‘Pepe’ Mujica: “Pido a la vida
que me permita seguir
ladrando un poco”

 


 

Federico Rivas/  Gabriel Molina/ elpais.com

 

17.11.2024

 

En una tarde de 1970, José Pepe Mujica conversa con otros hombres en una mesa del bar La Vía de Montevideo. Un parroquiano reconoce que son guerrilleros Tupamaros y los delata. La policía rodea el lugar. Mujica recibe seis disparos. En el Hospital Militar lo atiende un cirujano que “era un compañero, un tupa por abajo”. “Me da un balde de sangre y me salva. Es como para creer en Dios”, dice Mujica. 54 años después, está sentado en el pequeño salón de su casa rural de Rincón del Cerro, a 15 kilómetros de la ciudad, rodeado de libros, pequeñas esculturas, cuadros y fotografías. Hay una estufa a leña, un televisor pequeño y un par de sillas dispares. Una luz blanca cuelga del techo. Sobre una mesilla hay un vaso de agua y pañuelos de papel. Mujica se levanta la camisa celeste y muestra la gasa que cubre el orificio por donde lo alimentan. “Él es tan raro… Tiene nueve tiros. Cuando le pusieron el cañito encontraron el agujero de un viejo balazo y se lo pasaron por ahí”, dice su esposa, Lucía Topolansky, exvicepresidenta, senadora y diputada.

 

 

Mujica se recupera de un cáncer de esófago. “Me dieron 31 bombazos [de rayos] a las siete de la mañana todos los días. Lo hicieron mierda [al cáncer], pero me dejaron un agujero así [con los dedos dibuja un círculo grande como una naranja]. Ahora el agujero se tiene que rellenar y yo soy un viejo, tengo 89 años. Hasta que no esté tapado no puedo comer. Hay que mimosearlo hasta que endurezca”.


No oculta su mal humor por las secuelas de la enfermedad, que lo dejan “sin energía”. Pero minutos después será el Mujica de siempre, el político y el filósofo. Un anciano vivaz que mira fijo con sus ojos claros pequeños y a quien es imposible no escuchar con cierto embeleso. Él mismo se define como “un bicho raro” aunque, en tiempos donde abundan los estilos estridentes de los Donald Trump, los Javier Milei y los Jair Bolsonaro, escuchar a Mujica resulta un bálsamo: compone con las palabras, elige los tonos, mide las intensidades.

 

“En el fondo soy un campesino”; “le di un sentido a mi vida, moriré feliz”; “tengo el destino de la vanguardia”; “la cultura es hija del boludeo”; “me dediqué a cambiar el mundo y no cambié un carajo”. Mujica dispara frases como aforismos durante la conversación; dos horas en las que hablará de las elecciones presidenciales en su país, de los jóvenes, de sus colegas presidentes, de la extrema derecha y la izquierda, del rencor y de la muerte. Y también de la felicidad. “Le vamos a sacar fotografías mientras habla. ¿Le molesta?”, le preguntamos. “Más me sacó la policía”, responde con picardía.

 

Pregunta. ¿En algún momento de la vida se le pierde el miedo a la muerte?

 

Respuesta. La muerte es una señora complicada, que no perdona, que está siempre ahí. Pero, si no existiera la muerte, la vida no sería tan sabrosa, sería un aburrimiento. La muerte hace de la vida una aventura. El único milagro que hay en el mundo para cada uno de nosotros es haber nacido. ¿Por qué? Porque había 40 millones de probabilidades de que naciera otro y te tocó a vos. Pero como vivir es cotidiano, no le damos valor. Es la cosa más valiosa, la aventura de estar vivo. La gran pregunta es en qué gastamos el tiempo en nuestra vida. Porque si se nos va… ¿Cuál es el sentido de nuestra vida? Esa es la gran pregunta personal.

 

P. ¿Encontró el sentido de la suya?

 

R. Yo me dediqué a cambiar el mundo y no cambié un carajo, pero estuve 


entretenido. Y he generado muchos amigos y muchos aliados en esa locura de cambiar el mundo para mejorarlo. Y le di un sentido a mi vida. Me voy a morir feliz, no por morirme sino por dejar una barra que me supera con ventaja. Nada más. No tuve una vida al pedo, porque no gasté mi vida solo consumiendo. Gasté soñando, peleando, luchando. Me cagaron a palos y todo lo demás. No importa, no tengo cuentas para cobrar. Con Lucía gastamos nuestra juventud en toda esta aventura de vivir.

 

La actualidad política es la adrenalina de Mujica. Por eso no puede evitar referirse a las elecciones. Se lanza sobre el asunto casi sin que le pregunten. Uruguay elegirá presidente el 24 de noviembre, en una segunda vuelta entre el conservador Álvaro Delgado, apadrinado por el presidente, Luis Lacalle Pou, y el candidato del Frente Amplio, Yamandú Orsi, el hombre de Mujica que se quedó con la primera vuelta con el 44% de los votos. “Podemos ganar. No es fácil, pero podemos ganar porque tenemos un buen candidato. Hicimos una buena campaña”, dice.

 

P. ¿Qué piensa de figuras ultras como Trump, Milei o Bolsonaro?

 

R. Lo de ellos es la culminación de la prédica ultraliberal que se transforma en libertaria. Si el liberalismo es eso, es una mugre. El liberalismo nos trajo el espíritu de relaciones adultas, de respeto a vivir con diferencias; creó una cultura. Ellos reducen el liberalismo a un recetario económico.

 

P. ¿Se puede frenar el avance de la ultraderecha?

 

R. La clave está en la moral. El problema es que nos toca vivir una época consumista, donde pensamos que triunfar en la vida es comprar cosas nuevas y pagar cuotas. Con lo cual estamos construyendo sociedades auto explotadas. Porque vos terminás, tenés un trabajo y te inventás otro porque necesitas más plata. Tenés tiempo para trabajar, pero no para vivir. El mundo está muy lejos de una sobriedad que le garantice tiempo libre para vivir. En mi país somos tres millones e importamos 27 millones de pares de zapatos. Ni que fuéramos ciempiés, es de locos. ¿Nacimos para trabajar nomás? Vos sos libre cuando haces con tu vida lo que a vos se te antoja, que de repente es boludear. ¿Entendiste? Porque la cultura es hija del boludeo.


Para llegar a la chacra de Mujica hay que tomar una carretera de cuatro carriles, 
luego un camino asfaltado estrecho y enseguida uno de tierra. A unos 200 metros, a mano izquierda, está el Quincho de Varela, punto de reunión de los militantes del Movimiento de Participación Popular, el MPP; más adelante, la escuela rural construida con el dinero que Mujica donó de su salario como presidente. Una tranquera de madera oculta entre las plantas abre a un sendero arbolado. A la derecha, el banco de tapitas de gaseosa en el que sentó en 2015 al rey Juan Carlos. “Tuviste la desgracia de ser rey, te pusieron arriba de un florero”, le dijo entonces. A la izquierda, una galería oscura repleta de cajones con maíz protege la puerta de la casa. La sala donde Mujica pasa la mayor parte del día tiene unos dos metros de ancho por cuatro de largo. Una biblioteca atiborrada la separa de una cocina de campo donde hay una mesa grande con cuatro sillas. Topolansky habla allí por teléfono con alguien a quien da indicaciones sobre cuestiones políticas y su conversación se mezcla con la entrevista. Donde ahora está el sillón de Mujica hubo hasta hace unos días una cama de hospital. “En la habitación no entraba”, dirá más tarde Topolansky.

 

P. Usted encontró la felicidad en vivir con muy poco…


R. En vivir con sobriedad, porque cuanto más tenés, menos feliz sos.


P. Pero el mundo parece ir en sentido contrario.


R. El mundo va hacia el híper consumo, porque está regido por una ley: multiplicar el consumo de la gente, porque eso es lo que asegura la acumulación. Compre esto, compre lo otro. Nos bombardean, el marketing es un veneno. Te domina, compre esto, compre lo otro. Y eso no es vivir.

 

P. ¿Y qué es vivir?

 

R. Vivir es amar, es tener el placer de estar al pedo [perdiendo el tiempo] con otro. Vivir es, cuando sos anciano, jugar al truco con los amigos, hablar de recuerdos. En cada edad hay una escala de sentimientos. Cuando sos joven el amor es volcánico. Cuando sos anciano, es una dulce costumbre. Pero todo eso lleva tiempo, hay que cultivarlo. La relación con los hijos lleva tiempo, lo que más precisa un gurí es cariño y no tenemos tiempo para eso. Que se arregle como pueda. Yo soy un estoico, filosóficamente hablando.


Mi definición puede ser la de Séneca: ‘Pobre es el que precisa mucho’. O la de los aymara. ¿Sabés qué es un individuo pobre para los aymara? El que no tiene comunidad, el que está solo.

 

P. Permítanos una imagen para pensar en la soledad: sus años de cautiverio en una celda minúscula, solo durante semanas.

 

R. Aprendí a caminar legua adentro, para allá y para acá. Y aprendí el oficio de la misantropía, que me quedó hasta hoy. Hablo mucho conmigo mismo, no me lo pude sacar más. Para mantenerme cuerdo, me puse a recordar cosas que había leído, cosas que había pensado cuando joven. Yo cuando era joven leía mucho. Después me dediqué a cambiar el mundo y ahí no leí nada. No pude cambiar el mundo, pero aquello que había leído de joven me sirvió. Porque una cosa es leer y otra cosa es rumiar lo que has leído. Hoy ando por el campo con el tractor y la cabeza me va dando vueltas. Tengo ojos para ver los teros, para ver los horneros, para ver los ciclos de la naturaleza. En el fondo soy un campesino. Hablo con el que llevo adentro y eso me rescató cuando caí preso y estaba en soledad. Entré a recordar y a recordar y a recordar.

 

P. ¿Hemos perdido la capacidad de hablar con nosotros mismos?

 

R. Por culpa de la civilización digital, que va avanzando cada vez más. Yo no lo hice por descubrimiento, lo hice por necesidad. Estaba solo, no tenía nada para distraerme. Entonces acudí a lo que tenía adentro y me encontré con un tesoro: con el tesoro de mi juventud.

 

El MPP se acomodó a la etapa democrática de inmediato. Y encontró en Mujica a 
un dirigente carismático. Al inicio, dice Mujica, el partido apoyaba desde la calle a candidatos de otros partidos integrantes del Frente Amplio, como el Partido Comunista y la Democracia Cristiana. “Después hubo una voltereta y los compañeros se calentaron, porque los que arrimábamos a la gente éramos nosotros. Decidieron que alguno de nosotros tenía que ir al Parlamento y me eligieron a mí”, cuenta. Mujica se convirtió en diputado en 1994, en el que fue su primer cargo electivo.

 

P. Fue muy famosa su imagen llegando al Parlamento en moto.

 

R. En aquella época iban todos de traje y corbata y yo iba con un jean y en mi moto. Recuerdo que el primer día veo que hay como un alero y se me ocurre dejarla ahí. Enseguida se transformó en el garaje de las motos. Y lo sigue siendo hasta hoy. Fue la obra más positiva que hice en el Parlamento. [Risas]. Increíble, increíble. Además, hubo un periodista que inventó que un milico [militar] me había preguntado si me iba a quedar mucho tiempo y que yo le respondí que ‘cinco años, si me dejaban’. Eso no existió, pero desmentirlo fue inútil. En el mundo entero caminó eso, porque era una mentira genial.

 

P. En 2009 ganó las elecciones generales con el 54,6% de los votos ¿Se aprende a ser presidente?

 

R. Eso es una cagada, porque llegás y te encontrás con cosas que no tenés ni idea. Es horrible. Yo primero fui ministro de Ganadería [en 2005, con el Gobierno de Tabaré Vázquez]. Y cuando ganamos las elecciones fui a hablar con los que eran ministros. No me dieron ni una hojilla así. Pero en cuanto vos llegás tenés que discutir la ley del presupuesto. Decí que había un contador [contable] de esos que tienen la camiseta del Estado puesta, que nos dio una mano. Si no, estábamos hasta ahora.

 

Cuando Mujica dejó la cárcel en marzo de 1985, ya en democracia y después de 13 años preso, sabía que quería comprar una finca en el campo, lejos de la ciudad. “Salimos con Lucía en bicicleta a buscar un lugar. Andábamos recorriendo por todos lados y una tarde entramos por ese camino. Estaban regando. Y yo le dije ‘me parece que nos quedamos acá’. Fue ella a hablar”, explica. “Al salir de la cárcel él se puso en un predio a plantar flores y yo me metí a trabajar en una cantina”, dice Topolansky, “así íbamos juntando pesitos y teníamos un poquito de plata. Entregamos eso y después hicimos cuotas”. En enero de 1986, la pareja estaba mudada. No se fueron nunca más, ni cuando Mújica fue presidente.

 

P. ¿Por qué se quedaron en la chacra?

 

R. El Estado me daba un palacete que tiene cuatro o cinco pisos, que para tomar un té tenía que hacer una expedición. Entonces decidí quedarme acá. Yo sé que soy un loco en el tiempo de hoy, pero no tengo la culpa del mundo en el que vivo.

 

P. ¿Se sorprendía durante sus giras internacionales del protocolo de su pares?

 

R. Les tomaba el pelo, porque se complicaban la vida al pedo [sin necesidad]. Porque cuanto más cacharros tenés, más líos tenés. Y más lugares donde te van a afanar [robar].

 

P. ¿Y qué le decían los presidentes?

 

R. Me respetaron mucho, pero me tenían por un bicho raro. Cuando fui a hablar con el rey de Noruega [en 2011] me estaban esperando con una corbata. Cuando llego le digo a la delegación: ‘Media vuelta y nos vamos”. Y el tipo echó para atrás, se guardó la corbata y yo fui a hablar con el rey. No estoy en contra de la corbata, sino de que te la impongan. Si a vos te gusta ponerte la corbata, ponete la corbata o ponete un calzón colgado del cogote, hacé lo que se te cante. Y después te ponen una alfombra roja y tenés que caminar como cinco cuadras. Y están los tipos que tocan la corneta. Es feudal eso.

 

P. ¿Qué líder mundial lo cautivó más?

R. [El brasileño] Lula [da Silva], del cual soy amigo hasta hoy. Y curiosamente, de Barack Obama tengo que hablar bien.

 

P. ¿Por qué “curiosamente”?

 

R. Porque era un tipo inteligente y hablaba. Yo estuve tres veces con él y tuve 


conversaciones muy interesantes. Me reconoció cosas. Le digo que tiene que dar una mano para desarrollar Centroamérica, no frenar la inmigración. Y me dice: ‘Usted tiene razón, pero vaya a convencer a los republicanos acá’. El tipo veía los problemas. Recuerdo que le dije ‘vete de Afganistán’, porque Alejandro Magno se tuvo que ir de Afganistán y hay que ver quién era Alejandro Magno. Hay lecciones que son históricas. No se fueron, y cuando se fueron hicieron un papelón. Pero el tipo lo veía. Además, me hicieron una distinción muy grande. Cuando asumí, mandaron a la señora [Hillary] Clinton, que era la jefa del Departamento de Estado. Siempre mandan a un embajador común y chau. Tal vez les llamó la atención que yo era el guerrillero que estuvo preso y llegó a la presidencia. Había ahí un poco de mística.

 

P. No era lo habitual que un exguerrillero de izquierda mantuviese buenas relaciones con Estados Unidos.

 

R. Sí, pero me pidieron hasta un favor. Había un prisionero norteamericano en Cuba que estaba enfermo y tenían miedo de que se muriera. Obama quería mejorar la relación con Cuba, pero estaba ese obstáculo. Fui a hablar con Raúl Castro y le planteé el problema, le dije que les convenía sacarse al prisionero ese de encima. Recuerdo otro encuentro en Cartagena, durante una cena de presidentes [en 2012]. Me agarran y me dicen: ‘Usted se tiene que sentar acá’. Una mesita con cuatro sillas. Bueno, ahí vino el presidente de Colombia [Juan Manuel Santos]. Y después vino… ¿Quién vino al lado mío? ¡Obama! Para hablar conmigo. ¡A la flauta esto! Bueno, ahí estuvimos hablando un rato. Después cuando fui a Estados Unidos me recibieron en la sala esa [el salón Oval]… que es una mierda. No sé por qué le hacen tanta fama.

 

P. En Brasil está su amigo Lula, pero también tenemos a Milei en Argentina y la crisis en Venezuela no deja de escalar. ¿Cómo ve la deriva de América Latina?

 

R. El panorama es, desgraciadamente, complicado. Porque nos juntamos muy poco y no existimos en el mundo. Tuvimos una oportunidad con Lula, que es una figura de carácter mundial y tiene cierto prestigio, pero no lo usamos a Lula. En la política internacional nosotros no servimos ni el café. Tenemos que juntarnos para defendernos, pero la agenda nacional nos chupa todo el tiempo. Con la pandemia por la covid no tuvimos ni una reunión de presidentes, ni siquiera nos llamamos por teléfono. Y teníamos el problema de defender la vida de la gente. Más estúpidos no se puede ser.

 

P. Pensemos en Rafael Correa, Cristina Kirchner, Evo Morales, el mismo Lula. ¿Por qué estos líderes no han encontrado herederos?

 

R. Me aburrí de decir que el mejor dirigente es aquel que cuando desaparece deja una barra que lo supera con ventaja. Porque la vida continúa y la lucha continúa, no termina con nosotros. El dirigente debe sembrar y dar oportunidades para que lo sustituyan. Yo sé que sigo siendo una figura de mucho peso, pero abrí la cancha. Ahora, lo que va a pasar en el futuro, yo qué sé. Yo trataré de que mis compañeros no se sientan coaccionados, que manden y manejen la organización. Por ahora, he tenido éxito con eso. Mi fuerza política fue la más votada en las elecciones.

 

P. Hace tiempo dijo que a la política le faltaba incorporar el amor. ¿Alguna vez lo 
tuvo?

 

R. La política tuvo en el pasado grandes gestualidades de compromiso. Había épica, pero eso ya no existe más. Le planteo la vez pasada al presidente [Luis Lacalle Pou] que tenía que poner parte del sueldo y obligar a la burocracia a que pusiera algo, un 4% o 5 %, para viviendas para los más pobres. Me dijeron de todo. Yo le di más de medio millón de dólares al Plan Juntos [para la construcción de viviendas]. Si estás peleando por la igualdad tenés que tener la delicadeza de sacar algo de tu bolsillo y compartirlo con los que están más jodidos.

 

P. ¿Cómo definiría la política?

 

R. La política no es un negocio, es una pasión. O se tiene o no se tiene. Los que estén buscando la ventaja económica que se dediquen al comercio, a la industria. Que ganen, paguen impuestos y que les vaya bien. Pero no entreveren la política con eso, porque no es para hacer plata. Eso es lo que nos está matando.

 

En su libro José Mujica: La revolución tranquila, Mauricio Rabuffetti describe los  años en prisión del expresidente como tiempos de gran sufrimiento. “Fue torturado de forma brutal y sistemática, física y psicológicamente”, escribe Rabuffetti. “Sufrió golpes y humillaciones. Estuvo a media ración de alimentos y agua. Se enfermó de los intestinos y los riñones. Pasó períodos de tiempo imposibles de establecer con exactitud sin contacto con seres humanos. Perdió sus dientes. Su cuerpo llegó al límite de lo soportable. Su psiquis también”. Mujica, sin embargo, nunca buscó desde el poder avanzar sobre sus carceleros, una decisión que le trajo agrias discusiones con las organizaciones de víctimas de la dictadura.

 

P. ¿Tiene heridas abiertas?

 

P. Por supuesto que tengo heridas abiertas, tengo cosas inolvidables, pero no las voy a cobrar. Estuve siete años encerrado en una pieza más chica que esta. Sin un libro, sin nada para leer. Me sacaban una vez al mes, dos veces al mes, a caminar por un patio media hora. Siete años así. Después estuve cinco años más y me dejaban leer ciencias, física, química. Estuve a punto de ponerme loco. Si voy a cobrar las que tengo para cobrar… Dios me libre.

 

P. ¿Se queda con alguna deuda?

 

R. ¡Ah! La mente humana sueña mucho más que lo que puede concretar. ¡Ah, hermanito! Hacé memoria en tu cabeza y después me contás. Es así. Logramos algo, pero nos queda mucha cosa en el tintero.

 

P. ¿Qué les dice a los jóvenes?

 

R. Que la vida es hermosa, pero que hay que buscar una causa para vivir. No  necesariamente la mía, pero hay que tener una causa. Puede ser la música, la ciencia, cualquier cosa. ¿Vivir para pagar cuotas? Eso no es vivir. Porque vivir significa soñar, creer en algo superior, en algo creativo. Que nos irá bien, que nos irá mal, regular.

 

P. Parece haber una contradicción. En este escenario de desapego que usted 
plantea es una de las personas más escuchadas.

 

R. Escuchado, pero no seguido. ‘Es un loco bárbaro, macanudo, pero no sigo la de él’.

 

P. ¿Por qué cree que se lo escucha, entonces?

 

R. Porque en el subconsciente saben que tengo razón, pero no pueden. Están prisioneros por el peso de la sociedad consumista en la que vivimos. Hay gente que piensa y dice ‘el viejo tiene razón’, pero ‘marche preso’. Tengo el destino de la vanguardia.

 

P. ¿Qué le pide hoy a la vida?

 

R. Que me cure de esta mierda que tengo. Y que pueda seguir ladrando un poco, dando algunas ideas.

jueves, 24 de octubre de 2024

 

Liberación de permisos, primer
paso para reordenar la Pesca

 

El líder cooperativista Jesús Presiche se reúne con el senador Heriberto Aguilar; coinciden en necesidad de Foro Pesquero



Con la liberación de permisos de pesca a auténticos pescadores debe iniciar el reordenamiento del sector, consideró el líder cooperativista Jesús Presiche Olachea, en conversación con el senador Heriberto Aguilar Castillo.

 

El presidente de la Federación Regional de Cooperativas Puerto de Guaymas se entrevistó hoy con el representante de MORENA en el Senado de la República, coincidiendo en la necesidad de impulsar un Foro Pesquero en Sonora.

 


Para el líder cooperativista es de vital importancia que las autoridades expidan, ratifiquen
y den curso a permisos de pesca para los verdaderos hombres de mar.

 

“Es necesario acabar con la piratería; hay gente ajena a la pesca que se aprovecha de permisos, programas y recursos del gobierno en perjuicio de los auténticos pescadores”, dijo.

 

Sólo por citar un caso, existen miles de vivales en el padrón de BienPesca (Programa de Apoyo para el Bienestar de Pescadores), mientras que muchas familias pesqueras siguen excluidas: eso también hay que corregirlo, cuestionó.

 

Presiche subrayó que con el senador Aguilar Castillo surgieron otras coincidencias, como la necesidad de fortalecer la unidad del sector social y coordinar voluntades con los gobiernos federal y del estado en beneficio de las familias pesqueras.

 

“Estamos de acuerdo en que las políticas públicas de la presidenta Claudia Sheimbaun se dirigen a establecer condiciones de justicia, en beneficio de la gente que trabaja y en sus organizaciones sociales”, comentó.

 

Se ha dado un importante paso, esperamos que los acuerdos y compromisos sigan creciendo y que los pescadores empecemos a ver mareas más favorables, tanto en el mar como en la normatividad oficial, expuso.

miércoles, 23 de octubre de 2024

 

El Toro de ese otro México
llamado Los Ángeles

La leyenda de Valenzuela sigue ahí para cualquier chico que sepa empuñar una pelota zurcida




Diego Rabasa/ elpais.com

 

Fernando Valenzuela lanzó el juego inaugural para los Dodgers en 1981 a partir del azar. El lanzador que estaba programado para tirar, Jerry Reuss, se lesionó. El manager Tom Lasorda le dio la oportunidad a un chico de 20 años que había jugado unos cuantos partidos como relevista el año anterior. Lanzó contra los Astros de Houston, un juego completo, el primero de cinco seguidos, en los cuales tiró cuatro blanqueadas permitiendo una carrera. La primera vez que visitó Nueva York, la ciudad que los Dodgers habían abandonado en 1958, los derrotó 1-0, otra blanqueada más, en la que quizá sea la temporada más espectacular en la historia de las Grandes Ligas. El comentarista de aquel partido dijo “esto es irreal, esto no lo ha logrado ni Rocky Balboa”.

 

Los mexicanos hemos hecho épica de la tragedia. En el futbol el “ya merito” forma parte del diccionario nacional: nos sentimos más cómodos en la exégesis de la derrota que en la incierta zona del triunfo. El deporte nacional es el pretexto, y si estuvieran por escrito, las páginas que vilipendian al cosmos por nuestra nefanda suerte tendrían más volúmenes que la incinerada biblioteca de Alejandría. De vez en cuando, sin embargo, surgen algunos despistados, surgen seres inconscientes que navegan ciegos hacia el futuro y de espaldas hacia el pasado. La más de las veces, estas grietas del destino surgen desde el páramo más improbable y absurdo, y esto los hace aún más idolatrables: Valenzuela solía dormir con sus cinco hermanos en una cama y estaba destinado ser una hebra más del proletariado mexicano que pide mucha patria y ofrece poco país. Pero estaba tocado por la gracia, y su surgimiento inesperado despertó el fulgor de una comunidad que permanecía agazapada, esperando con fuego, el momento para reivindicar el silenciador que les fue aplicado a punta de macanazos a finales de los años sesenta, cuando las comunidades hispanas recurrieron a la osadía de reclamar un sitio como ciudadanos americanos.

 

A finales de los años sesenta, Estados Unidos era un país en llamas. La blanquitud había sido embestida por sus “subalternos” y uno de los movimientos telúricos era el de los chicanos, representados principalmente por César Chávez. Es una ironía que el estadio de los Dodgers comparta apellido con el fundador del United Farm Workers, el primer sindicato de trabajadores indocumentados, aunque Chavez Ravine ciertamente no fuera nombrado a partir de César, sino de un antiguo terrateniente que compró los terrenos en los albores del siglo XX. Es una ironía porque en la zona donde hoy acampa el estadio de los Dodgers, a finales de los cincuenta, se encontraba una de las pocas colonias mexicanas “toleradas”.

 

Pero cuando el empresario Walter O’Mailey vio una oportunidad para mover a los
Dodgers  de Brooklyn a Los Ángeles -movimiento que los veteranos de la Gran Manzana aún no perdonan- encontró en aquella comunidad el páramo perfecto, con el inconveniente, solucionable a través de desalojos policiales, de unas comunidades de mexicanos que vivían en la zona. No es de sorprender que durante las primeras décadas, el equipo de los Dodgers fuera un equipo de empresarios, y por empresarios quiero decir blancos. Los mexicanos no sólo no iban al estadio sino que procuraban boicotearlo. El lema de “remember Chavez Ravine” se veía en pancartas hasta bien entrados los años sesenta, en protesta por el violento desalojo.

 

Para el quinto partido de la temporada de 1981 no había nadie más popular en la ciudad de Los Ángeles que Fernando Valenzuela, un lanzador que no tenía una velocidad particularmente acendrada, un tipo regordete, que no hablaba inglés, aún con acné en las mejillas que tiraba un lanzamiento que hacía décadas no se veía en la liga: el tirabuzón. Desde la loma, la silueta de Valenzuela pronto se inmortalizó con ese alzado ancho, en el que parecía recoger toda la inercia del tiempo para despedir una bola que durante buena parte del camino iba en la zona de strike, sólo para desplomarse al llegar al plato ante la mirada atónita de los bats que recogían aire.

 

El tiempo, según el adagio romano, no espera a nadie, pero hay quienes no esperan la espera, sino que marcan en sí mismos el paso del tiempo. A los 20 años, Valenzuela no sólo se convirtió en el mejor lanzador de la liga, sino en el representante de una comunidad que para entonces ya llegaba la decena de millones en el país, y ocupaba un sitio central en la ciudad de Los Ángeles. Los alaridos de fulgor por Valenzuela, eran también gritos de catarsis de una población soslayada, que había sido renegadamente aceptada en la ciudad poco a poco, a punta de trabajo. La temporada terminó con la serie mundial que más veces se ha repetido en la liga profesional de beisbol, los Dodgers contra los Yankees. En el juego 3, Valenzuela consumó la remontada de su equipo con un juego completo más. Al terminar el partido, su manager y su cátcher corrieron en júbilo a abrazarlo, mientras él sale de la lomita quizá extrañado por el júbilo: un día más en la oficina. Con la Fernandomanía de 1981, Valenzuela le regresó a la ciudad el orgullo de su población, el orgullo de su herencia mexicana, latinoamericana.

 

Mi madre es psicoterapeuta, y creo que nunca existió una rispidez entre nosotros como las decenas, varias decenas, de veces que subió enardecida a mi cuarto a preguntar “¡qué chingados es ese ruido!”. Ese ruido era el sonido de una pelota de beisbol impactando una pared. Los partidos de los Dodgers se escuchaban por la radio, en la voz de Jaime Jarrín (uno de los primeros traductores al inglés para el Toro en el equipo), y yo solía pasar las tardes rebotando una pelota de beisbol, escuchando en una radio vieja, al equipo del Toro, porque eso eran -y son- los Dodgers. El beisbol es un deporte letárgico, que da tiempo para la contemplación. Es todo menos vertiginoso, y escucharlo por la radio, es un ejercicio semejante al que relataba Hellen Keller al enfrentar el mundo: algo que se experimenta desde el tacto y se construye con la imaginación. Pasé tardes enteras imaginando los rostros perplejos de los bateadores a los que el Toro enfrentaba tras un nuevo ponche. Y aunque el Toro sufrió el inclemente uso que le propinó a su brazo el manager Tom Lasorda, siguió ofreciendo destellos de grandeza, fue campeón de nuevo en 1988 y en 1990 tiró un juego sin hit ni carrera. Sobre todo, significó a una generación entera en un país donde el beisbol es el segundo deporte más importante.

 

En el librero de mi casa hay dos congregaciones de imágenes y reliquias. En el costado derecho habitan fotos, parafernalia y cachivaches de nuestra cosmogonía afectiva. En el costado izquierdo un pequeño altar con fotos de nuestros muertos. El primer regalo que me hizo mi esposa fue una foto impresa en plata con la efigie característica del Toro a punto de embestir. Recientemente, uno de mis mejores amigos me regaló la primera tarjeta de beisbol en la que apareció el Toro de Etchohuaquila, junto a su sempiterno cátcher Mike Sciosa. Hoy ambas amanecieron del lado izquierdo del librero.

 

Pero Valenzuela no se fue, ni se irá nunca. Nos ha abandonado el cuerpo que lo alojaba, pero su leyenda sigue ahí para cualquier chico que sepa empuñar una pelota zurcida, sigue ahí como un relámpago que fisura la noche de nuestras nobles derrotas, como un ídolo que nunca usó pedestal, como una esfinge que nunca se miró al espejo, como un Toro sin cuadrilla, como un alma que se lanza en tirabuzón hacia el destino de la grandeza que es siempre, el envés de la tragedia. Larga y perenne vida al Toro, en cuyas arremetidas se encuentra el fulgor de ese otro país mexicano que es Los Ángeles.

 

https://elpais.com/mexico/opinion/2024-10-23/el-toro-de-ese-otro-mexico-llamado-los-angeles.html