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Nebraska: ¿Vivir para nosotros
o vivir para los otros?
 Fausto Ponce/ Proceso
En un mundo donde estar viejo es algo poco deseable, la cinta Nebraska de Alexander Payne, nos muestra que los viejos tienen mucho que enseñar a los que no pertenecemos a este sector demográfico.

Nebraska no trata de un grupo de ancianos dando lecciones de vida, sino de un un matrimonio, Woody (Bruce Dern) y Kate (June Squibb), cuyas decisiones de vida parecen aterradoras para sus hijos David (Will Forte) y Ross (Bob Oderkirk).

Woody parece estar perdiendo la cordura; ha salido de casa de manera constante, su familia piensa que es para salir a beber a escondidas, pero en realidad tiene un objetivo secreto: ir a Lincon, Nebraska, a cobrar un premio de un millón de dólares que le llegó por correo.

David trata de disuadirlo, pero su padre parece estar fuera de sí. Entonces lo acompaña en este viaje sin sentido y en blanco y negro, sólo para darle gusto. En el camino pasarán por el pueblo natal de Woody, donde éste se reencontrará con sus hermanos, todos de la tercera edad.

Los acontecimientos tienen más impacto en David que en su propio padre.

El paisaje en blanco y negro de Nebraska es estéticamente fabuloso, pero luce como una fotografía vieja en donde prácticamente todo lo que hay en ella ha dejado de existir.

Es en este contexto en el que vemos las desgracias de esta generación de viejos en un pueblo pequeño de Estados Unidos, calamidades que son fácilmente reconocibles en adultos de cualquier generación.

Lo que estremece de este asunto es que los personajes que vemos en pantalla no tendrán una segunda oportunidad.

Nebraska parece llevarnos hacia un drama devastador. Sin embargo, David encuentra una solución más dulce a los sin sabores de la vida; solución que resulta sumamente satisfactoria, donde Payne parece encontrar esperanza en la cotidianidad.


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Garibay: caminito
al infierno
Julio Patán/ Laberinto
Dos pecados de un autor mexicano que no perdonan sus colegas: ser exitoso y ser prolífico. La razón: uno y otro se derivan de las exigencias del mercado, es decir, de una realidad muy distante del sistema de becas y prebendas estatales que ha pretendido y conseguido buena parte de nuestros escritores, seres extraños que han hecho de la improductividad y la distancia con el lector una virtud, a contrapelo de la mayor parte de los escritores del mundo.

Ser exitoso, es decir, dueño de un número respetable de lectores —aunque nunca los suficientes como para abandonarse a la pachorra—, y ser prolífico, un poco por vocación y otro por necesidad, son dos características centrales de toda la vida de Ricardo Garibay (Tulancingo, 1923), irremediable y tal vez premeditadamente olvidado no solo por la crítica sino, en buena medida, también por los editores luego de su muerte en 1999, y esperemos que mejor recordado luego de esta Antología (Cal y arena, México, 2013). Porque no resulta fácil conseguir una muy respetable parte de su abundante obra, tal vez unos cincuenta libros (Josefina Estrada logró dar con 42 para su bibliografía) entre crónicas, memorias, novelas, relatos breves, teatro y compilaciones a lo cajón de sastre que en algunos casos parecen ajustarse a la palabra —elogiosa— que usó Adolfo Castañón como despedida tras su muerte: “artesano”, pero que a menudo invitan a pensar en vuelos literarios verdaderamente elevados, es decir en arte, si se permiten el lugar común y la grandilocuencia.

Garibay fue, en efecto, un novelista de más que notable factura, y sus novelas —algunas— son de lo poco que puede encontrarse en las librerías, de ahí que no haberlas incluido en este volumen parezca una idea sensata. Están aquí y allá, asimismo, algunos de los volúmenes de sus obras completas, publicadas por Océano, Conaculta y el estado de Hidalgo hace no mucho, pero a los problemas habituales de distribución que sufren los libros de esta naturaleza se suma el hecho conocido de que su naturaleza hipertrófica ayuda a conservar y organizar el legado de un escritor, solo que a cambio de hacer de su lectura un reto físico francamente difícil de enfrentar. Y no es que Josefina Estrada haya sido tacaña a la hora de elegir material para esta antología, porque el volumen rebasa las seiscientas páginas, pero sin duda ha logrado que Garibay vuelva a ser legible.

¿Qué se lee en esta antología? Primero, a un maestro de la crónica. Tal vez sea en este género mestizo en el que la prosa cadenciosa y a ratos hasta francamente cantada de Garibay, esa prosa llena de matices populares, obsesivamente fonetizada, mejor funciona. Un par de modismos u onomatopeyas bastan a menudo, en Las glorias del gran Púas, en esa obra maestra que se llama Acapulco, para recrear una atmósfera completa, todo un entorno o un personaje. La pieza sobre el antiguo campeón mundial de la Bondojito es particularmente reveladora de su habilidad para estas lides. La idea era hacer una suerte de versión local de El combate, ese libro de Norman Mailer que nace de su viaje hasta Zaire con un Muhammad Alí treintón, apenas regresado del retiro forzoso que le asestaron por negarse a ir a Vietnam y preparándose para derrotar al presuntamente invencible George Foreman, siete años más joven, como en efecto lo hizo.

Pero Garibay enfrentó un problema que hace temblar a cualquier biógrafo o cronista: la ausencia del retratado. El Púas Olivares, figura entrañable y prodigio del box que todavía estaba en su pico de eficacia y popularidad pese a su presunta reticencia al gimnasio y su afición a la fiesta, accedió a convivir con el escritor durante largas jornadas, su día a día, a cambio de una participación en las ganancias del libro. Pero no apareció, o virtualmente no. Esquivo, caótico, dominado por la anarquía, Olivares es una figura casi ausente en buena parte de Las glorias…, una crónica–semblanza que sin embargo es inmejorable por eso, porque hace de la ausencia una paradójica forma de captar la naturaleza del retratado y porque obliga a Garibay a voltear con ojo clínico al entorno —el séquito del Púas y sus entrenadores, su barrio, los directivos— en busca de materia prima. La encuentra de sobra.

No menos poderosa es la capacidad de Garibay para domar a ese animal complicado que es el género memorialístico, particularmente reacio a la autocomplacencia, el mal de casi todos los autobiografiados nacionales, a la que responde con una implacable languidez, que como sabemos es un antídoto infalible para el mal de tener lectores. Famoso por su egocentrismo desbordado, real aunque no libre de cierta autoironía y cierto espíritu performancero, según recordará quien lo haya visto en la televisión, Garibay fue descarnado, franco, presumiblemente sincero incluso a la hora de narrar los episodios más dolorosos o delicados de su vida. De ese modo, si la imagen de su padre es terrible por su ambivalencia —entre la admiración y el desprecio, entre el amor y el miedo— y por lo implacable del relato que hace de su crueldad, el modo en que Garibay retrata por ejemplo en Fiera infancia y otros años su propia debilidad —un reto mayor para cualquiera que escriba o se psicoanalice, para el caso— es sacudidor y casi único en el panorama mexicano, del mismo modo que su crónica de la amistad que lo unió a Díaz Ordaz, tan cuestionable como se quiera, es de una honestidad intelectual y personal a toda prueba. Varias de las mejores piezas de esta antología aparecen en el apartado “Memoria”, aunque conviene no descuidar “Semblanzas”, íntimamente vinculado con aquél.

¿Y en las distancias cortas, qué tal funcionaba Garibay? No es en los géneros breves en donde se cimenta preponderantemente su buena reputación, y tal vez haya razones para ello. Todo es opinable y aquí interviene con particular energía el problemita del gusto, pero como cuentista es posible que pierda un poco: le ganan las ganas de hacer prosa antes que de contar un relato, otro mal muy de narrador mexicano. Pero van dos matices por delante. Primero, hay cuentos donde el impulso, digamos poetizante, rinde buenos servicios a la historia, caso destacable el de “Oro de peso pluma” (boxeador él mismo y luego desencantado profundo de ese noble deporte, a Garibay se le daban los relatos boxísticos); y segundo, caray, qué prosa envidiable, en las buenas y en las malas. Algo similar ocurre con sus aproximaciones al teatro, concretamente a los diálogos elegidos por Estrada para este libro (el teatro–teatro fue también dejado fuera de la antología).

En cambio, todavía en el terreno de las distancias cortas, da gusto, sin falla y sin matices, leer al Garibay lector, al que escribe sobre libros y escritores. Qué maravillosa falta de prudencia, qué agudeza para diseccionar incluso a autores considerados clásicos, qué buena disposición a leer sin condescendencia pero con lealtad a sus contemporáneos. Tal vez, de todas las facetas literarias de Garibay, esta, la menos llamativa, sea la que más vale la pena enfatizar, por el hecho de que le espera una cierta marginalidad inherente al género. No cualquiera se lanzaba a llamar “soporífero” a Jünger, como en efecto podía y solía serlo. Nunca se lo agradeceremos lo suficiente.
Pasa que el Garibay ensayístico es casi tan paradigmático como el memorialista o el cronista en eso, en su ir de frente, en su incorrección política, en su falta de pudores y agendas, en su franqueza, siempre contrapunteada por el humor autoinfligido o infligido a los otros. Eso le ganó lectores, muchos, pero lo puso para siempre en la nómina de los pecadores literarios, caminito al infierno de la indiferencia. Claro que ya dijo algún torero que él, al infierno; que el cielo es para los niños y para los tontos.
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“A nadie le importa una mierda
la opinión de un actor sobre política”
Barbara Celis/ El País
Extremadamente manipulador, amoral, corrupto, venenoso. Francis Underwood es uno de los antihéroes más retorcidos que han desfilado en la historia de la pequeña pantalla. Quienes devoraron la primera temporada de la serie House of Cards podrán reencontrarse con este oscuro personaje a partir de esta tarde (Canal + Series, 13.00, emite un maratón con todos los capítulos de esta segunda tanda en VOS y también estará disponible en Yomvi) y sumergirse en esta nueva temporada de una serie que muestra la cara más sucia y oscura de la política estadounidense, donde el congresista Underwood escala hacia la vicepresidencia sin importarle dejar cadáveres en el camino.

Sin embargo, Kevin Spacey, su protagonista (junto a Robin Wright Penn y Kate Mara), considera que el éxito de House of Cards, de la que también es productor ejecutivo, no se debe al interés que despiertan en públicos de todo el mundo las intrigas internas de la Casa Blanca, sino al interés que, desde los tiempos de Shakespeare, generan las historias de relaciones humanas. Y para subrayar su postura no duda en mostrarse hosco con la prensa, aunque al mismo tiempo sabe ser irónico y certero, acercándose esquizofrénicamente al comportamiento de Francis Underwood.

Quizás llevar tantos años interpretando a personajes ambiguos y tortuosos como el asesino de la película Seven, o el cerebro oculto de Sospechosos habituales —por cuya interpretación ganó su primer oscar—, le haya llevado a desarrollar una personalidad similar a la de sus ficciones, aunque para él, ficción y realidad sean dos mundos opuestos.

Pregunta. ¿Cómo describiría a Francis Underwood? ¿Hay algo que admire en él?
Respuesta. Mi perspectiva como actor siempre ha sido servir al guion y no juzgar a mis personajes. No es mi trabajo hacer juicios morales ni tener opiniones. Eso se lo dejo a la audiencia.

P. Barack Obama ha hablado con envidia sobre lo rápido que se mueven las cosas en su Casa Blanca. ¿Cuál ha sido la reacción en Washington DC ante la serie?

R. Las opiniones varían entre el “es una visión cínica e irreal de la política” al “es tremendamente realista”.

P. ¿Y usted qué piensa?

R. No tengo ni idea. No trabajo en política. Solo hacemos ficción.

P. Sí, pero mucha gente siente que su serie se acerca mucho a la realidad…

R. Nuestros guionistas han hablado con políticos, han investigado a fondo, alguno incluso trabajó en Washington, pero sinceramente creo que esta serie de lo que trata es de las relaciones de poder, de cómo se relacionan los seres humanos, de las mismas cosas de las que hablaba Shakespeare.

P. ¿Pero ha cambiado en algún modo su visión sobre la políti… [Spacey corta la pregunta]?

R. Creo que mi perspectiva sobre la política es jodidamente aburrida, y a nadie le importa una mierda lo que un actor piense sobre política.

[Tras este exabrupto, pronunciado en un tono muy poco amigable, entre los siete periodistas que había en la mesa del hotel londinense donde se realizó esta entrevista se masticó un silencio y uno trató de cambiar de tema. Spacey se relajó].

P. Esta serie ha marcado un antes y un después en la historia de la televisión al ser producida por una plataforma online como Netflix que ofreció de golpe la serie completa en streaming.

¿Qué ha probado este nuevo modelo?

Me sorprendo continuamente del éxito de películas espantosas así que por supuesto que me sorprendió que algo bueno funcionara.

R. El modelo Netflix ha probado que las audiencias quieren tener el control. Usan las series como una novela que abres y cierras cuando te apetece. También ha probado que la plataforma no importa nada, que lo importante es el contenido. Si le das a la gente lo que quiere, cuando quiere, de la manera que quiere, a un precio razonable, lo más probable es que se gaste el dinero en comprar en lugar de piratear. A lo mejor House of Cards está demostrando que hemos aprendido la lección que no aprendió la industria de la música.

P. ¿Internet da más libertad creativa?

R. No. Insisto en que la plataforma no importa, aunque sí es cierto que en Internet no se depende de las audiencias y, por tanto, nadie te viene a decir que cambies el guion porque si estrangulas al perro en el primer capítulo pierdes espectadores.

P. Hace dos décadas era impensable que actores y directores se pelearan por trabajar en televisión como ahora. ¿Qué ha cambiado?

R. En 1990 David Lean, director de Lawrence de Arabia, dedicó su discurso de agradecimiento a un premio que le dio Hollywood a advertir a los productores de que cuidaran de los talentos emergentes porque de lo contrario la televisión se los llevaría todos y el negocio del cine caería en picado. Nadie le escuchó. Ocho años más tarde HBO estrenaba Los Soprano, cambiando para siempre la historia de la pequeña pantalla. Al mismo tiempo los estudios dieron un giro hacia las superproducciones de acción, con mucho superhéroe, así que los profesionales con ganas de contar historias de personajes buscaron espacio en el sitio más fértil para ello. Los últimos 15 años han sido lo que yo llamo la tercera era dorada de la televisión, se han dado todas las facilidades para que los guionistas creen personajes complejos, antihéroes que no caen en el tópico de personaje bueno con un buen trabajo y que es bueno con su familia. Estamos viendo series valientes, extraordinarias.

P. ¿Le sorprendió el éxito de la serie?

R. Me sorprendo continuamente del éxito de películas espantosas así que por supuesto que me sorprendió que algo bueno funcionara.

P. ¿En qué está trabajando ahora?

R. En mejorar cómo juego al tenis.

P. ¿Solo… en eso?

R. Sí, es suficientemente fascinante.
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‘Zorimbo, turulato
o patidifuso’
Ana Paulina Valencia/ Reporte Indigo
 "Si los indios no fueran al mismo tiempo los pobres,
                                                                                            nadie usaría esa palabra a modo de insulto"
José Emilio Pacheco
Lírica, narrativa, traducción, periodismo... José Emilio Pacheco fue uno de los escritores y poetas más prodigiosos de México.

El también ensayista falleció el fin de semana pasado a causa de un paro cardiorrespiratorio, a los 74 años, después de un golpe en la cabeza a consecuencia de una caída.

Según su hija Laura Emilia, el autor de “Las batallas en el desierto” murió “en la raya, como él hubiera querido”, después de terminar de escribir su columna semanal para la revista Proceso y acostarse a dormir.

Su vida literaria comenzó a temprana edad y desde los ocho años, en 1947, supo a qué quería dedicarse.

“En aquella mañana tan remota descubro que hay otra realidad llamada ficción”, contó en su discurso de aceptación al Premio Cervantes en el 2009 sobre la representación del Quijote que vio en Bellas Artes cuando solo era un niño. Desde entonces, como prometió ese día, jamás la abandonó.

Pacheco exploró su gran amor interpretando numerosos papeles: cuentista, novelista, ensayista  y poeta, destacando en cada uno  y dejando una huella indeleble en la literatura mexicana.

Debutó a los 19 años con el cuento “La sangre de Medusa”, que Juan José Arreola publicó en “Los cuadernos del unicornio”, pero la lírica fue su gran pasión.
“Los elementos de la noche”, “El reposo del fuego” y “No me preguntes cómo pasa el tiempo”, presentaron al mundo a un poeta que examinaba lo cotidiano: desde una piedra, hasta el circo o los mosquitos.
Escribió, en total, 15 libros de poesía. En “Como la lluvia”, el último de ellos, intentó “decir que se pueden hacer poemas largos y cortos sobre cualquier cosa. El poeta tiene el mundo entero a su disposición para hacer poemas”.

Transformar lo habitual en belleza fue su trabajo de todos los días, pero cuando se trataba de historia Pacheco recordaba “sin nostalgia”. Y no le gustaba que le preguntaran al respecto.

Sus textos, en los que retrató y analizó la sociedad de la que su infancia fue testigo, el México de la década de los 50, buscaban opinar más que mirar hacia atrás.

“No hay nostalgia en mis textos: hay memoria”, señaló al diario español El País en el 2010, “la nostalgia es la ‘disneylización’ del pasado, y yo siempre trato de verlo desde un ángulo crítico”. 

El momento de su nacimiento fue crítico para su percepción del mundo y para su obra, así como para su apreciación de la humanidad.

“Nací a mediados de otro año horrible, 1939 y, sin embargo, me libré de los desastres de la guerra”, relató durante su aceptación del Premio Reina Sofía, en el 2009, “no sufrí los bombardeos, las batallas, las persecuciones, los campos de exterminio. Todo lo experimenté a distancia y no por ello dejó de imprimirse en cuanto he escrito”.

“Morirás lejos”, publicada en  1967, es quizá la obra en la que el poeta plasmó con más fuerza la marca de los primeros años de su vida.

En ella, a través de misterios y preguntas que sin respuesta, explora la opresión judía durante la Segunda Guerra Mundial, en lo que termina siendo un retrato desgarrador de los límites de la crueldad humana.

Y por si su exploración de cuanto género pudo probar fuera insuficiente, el novelista ganó el Premio Ariel, que compartió con Arturo Ripstein, por el guión de la película “El castillo de la pureza”, de 1973.
J
osé Emilio actuó como traductor, además, de obras de Oscar Wilde, Samuel Beckett, Tennessee Williams y otras figuras.

Por otra parte, su novela corta “Las batallas en el desierto”, obra de 1981, una historia de amor e imposibles, se convirtió en referente para los lectores jóvenes hasta el día de hoy.

En el Colegio de México, cuando recibió el Premio Alfonso Reyes por su trayectoria, mencionó que esta obra se había salido de sus manos, y ya no le pertenecía. Ahora era de sus lectores.

Esa ausencia de egoísmo y la modestia fueron parte del legado del escritor, que en el 2010 reveló que no creía que nadie fuera a recordar su obra.

Millones están en desacuerdo. A sus más de 70 años demostraba una vitalidad sorprendente, alimentada por su fe en los jóvenes y su sed de escribir, que en lugar de saciarse, crecía.
No cabe duda de que Pacheco tenía, aún, mucho por producir.

Revisor de revisiones

La obra literaria de José Emilio Pacheco se negaba a cerrarse. El poeta no solamente escribía, sino que reescribía continuamente cada uno de sus textos, perfeccionándolos y acercándolos cada vez más al tono que realmente quiso tocar.

En alguna ocasión, el autor confesó a El País que le costaba mucho definir cuándo algo era bueno.

“Tal vez si uno sí tiene la intuición de lo que está bien”, explicó, “el problema es que es una intuición provisional, porque después de que sale el libro sigo corrigiendo”.

Incluso se definió, por este hábito, como “un horror para los editores”. 

Escribir nunca le pareció fácil y creía que jamás podría llegar a serlo.

“Con 20 años piensas que tal vez un día llegues a escribir con una facilidad, con una certeza y un conocimiento”, dijo, “y no, nunca. Siempre es por primera vez, siempre”.

Su humildad salió a relucir, de nuevo, cuando dijo que “la mayoría de las cosas salen muy mal. La mayoría de los textos que haces son malísimos” y que “para que uno te salga bien necesitas hacer 50 muy malos”.

Pero tanto cuidado y la constante evolución de sus escritos tuvieron una sola consecuencia: la excelencia.

En su última columna para la revista Proceso, dedicada a su amigo, el poeta argentino Juan Gelman (que falleció el 14 de enero de este año), terminó con una frase que bien se podría aplicar para hablar sobre José Emilio: “Deja en la poesía mexicana una huella radiante que no se borrará”.

Y como Pacheco lo extrañó, ahora será extrañado. 
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James Bond está muy trillado
y los héroes son un fastidio:
Isabel Allende
Dpa

La escritora chilena Isabel Allende aseguró que para incursionar por primera vez en el género policial con su novela El juego de Ripper intentó hallar recursos originales porque “James Bond está muy trillado y los héroes son un fastidio".

"Me pareció una solución original que quienes resolvieran todo fueran unos chicos inadaptados que juegan online. Ellos juegan y se divierten, como me divertí yo cuando escribí la novela", declaró Allende en una entrevista que publica hoy el diario argentino Clarín.

La idea de que la escritora chilena se volcara por primera vez al género policial fue de su agente Carmen Balcells, reconoció.

"Se le ocurrió que mi esposo, William C. Gordon, escritor de novelas policiales, y yo podíamos escribir algo juntos. A mí el género no me había interesado hasta que decidí incursionar en él, entonces comprendí la fascinación que mucha gente tiene por ese lado oscuro de la existencia", reveló la autora de La casa de los espíritus.
El proyecto conjunto sin embargo fracasó. "Comprendimos rápidamente que íbamos a terminar peleando en serio", admitió.

Allende estudió y se asesoró para que su historia policial fuera creíble. Asistió a una conferencia de escritores de novelas policiales, habló con policías, detectives, un médico forense y un químico. "Incluso un asesino en serie me ayudó a crear un villano creíble", afirmó.

El juego de Ripper, de la editorial Plaza & Janés, narra la historia de una serie de crímenes que sacude la Bahía de San Francisco, tal como antes había asegurado una famosa astróloga en sus predicciones.

"El personaje de (la astróloga) Indiana Jackson, que emplea métodos poco convencionales para sanar, no es totalmente inventado, tuve como modelo a una 'bruja' buena de Argentina", reveló Allende.

"La astróloga predice lo que va a ocurrir, aunque al final del libro se sugiere que tal vez no fueron los astros quienes la informaron del baño de sangre que sufriría San Francisco, sino la persona que lo iba a provocar", develó.



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Black Sabbath:

diabólicamente inmortales

Juan Pablo Proal/ Proceso

Todos sabían que sería la primera y, seguramente, la última vez en que la alineación original de Black Sabbath se presentaría en México. A principios de año el inexplicablemente vivo Ozzy Osbourne, vocalista del grupo, había recaído una vez más en las drogas; el guitarrista Tony Iommi fue diagnosticado con cáncer linfático; el baterista Bill Ward fue excluido por su sobrepeso y dos infartos previos. Y el bajista Geezer Butler lo reconoció ante el Chicago Sun: “Probablemente esta será la última gira. Me resulta realmente difícil tocar todas las noches, no quiero subir al escenario por dinero”.
Este año el grupo tomó la decisión de salir de gira para celebrar su 45 aniversario. También grabó el álbum “13”, el primer disco de estudio de la alineación original desde 1978. Tal furor provocó el regreso de Black Sabbath en todo el mundo que en tan sólo diez minutos vendieron los boletos para su concierto preparatorio, celebrado el 19 de mayo pasado en la Academia de Birmingham. Lo mismo ha ocurrido en el resto del globo: en cuestión de días agotaron las entradas para conciertos masivos en Latinoamérica y Europa. No todas las agrupaciones de su generación pueden presumirlo. De hecho muchas jamás tocarán de nuevo debido a que la mayoría de sus miembros ha fallecido, otras tantas apenas convocan a pequeños grupos de seguidores. No es el caso de Sabbath. Están vigentes. Aún impactan a los adolescentes.

En sus inicios, en 1968, el grupo se hacía llamar Earth e interpretaba canciones rocanroleras de Chuck Berry y Buddy Holly. No tenían un quinto y estaban muy lejos del éxito, pero formar una banda de rock era su única salvación. Los cuatro miembros originales, Ozzy Osbourne, Tonny Iommi, Geezer Butler y Bill Ward nacieron en Birmingham, Inglaterra, una ciudad pobre bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial. Todos eran hijos de obreros que laboraban jornadas interminables a cambio de un pago que apenas les permitía sobrevivir. Nunca conocieron las vacaciones ni la playa, narra en su autobiografía Ozzy Osbourne. No querían ese futuro. Inspirados en The Beatles, pensaron que con la música podrían salir de la miseria.

Earth jamás despegó. Un día el guitarrista Tony Iommi vio que el pueblo, a pesar de su pobreza, atiborró una sala de cine para presenciar una película de terror. Si las personas pagan por asustarse, escribamos música de miedo, pensó. Y esa fue la idea artística que catapultó al grupo. A esta característica sonora se debe añadir que Tony perdió la punta de dos de sus dedos cuando trabajaba en una fábrica, por lo cual afinó la guitarra de manera más grave y se colocó pedazos de botellas de plástico con el fin de seguir tocando. El bajista, Geezer Butler, era un lector empedernido de literatura fantástica y terror, que conjuntó esos elementos para escribir las letras de las canciones. Estos ingredientes conjuntados con la intimidante demencia de Ozzy Osbourne los llevaron al rango del grupo más malo, tenebroso y satánico que jamás haya existido…

Fueron acusados de ser diabólicos y practicar la magia negra. El 19 de marzo de 1971 un fanático religioso intentó asesinar en el escenario a Iommy. Ellos, mientras tanto, en pocos años perdieron la cabeza; de ser unos jóvenes pobres pasaron a categoría de celebridad, con todo incluido: puños de cocaína, limosinas, sexo fácil, borracheras de semanas y absoluta pérdida de control.

Todos estaban metidos en ese barco, pero Ozzy Osbourne naufragó primero. Dejaba de llegar a los conciertos, se le olvidaban las letras de las canciones, no asistía a los ensayos. El grupo lo echó en 1979, reemplazándolo por el extinto Ronnie James Dio, exvocalista de Rainbow. Ozzy continuó con su vida de desenfreno, siendo una figura pública que siempre sorprendía por sus cada vez más frecuentes transgresiones. Mordió a una paloma mientras intentaba negociar la grabación de un disco, mordió la cabeza de un murciélago durante un concierto, fue detenido por orinar El Álamo, intoxicó a un sacerdote con hachís…

El grupo siguió sin Ozzy, aunque reuniéndose esporádicamente las décadas siguientes para presentaciones especiales y giras pequeñas. Lejos de ser arrojados al baúl de los recuerdos, su popularidad creció desenfrenadamente por el mundo. Influenciaron a muchos músicos que posteriormente consolidaron el movimiento iniciado por Sabbath: el heavy metal. A la fecha, el género continúa vigente con nuevas bandas, festivales y convenciones. Y con un tema constante en sus letras: una furia inamovible contra la guerra y la clase política.

Las canciones de Black Sabbath, escritas primordialmente por el bajista, fueron comparadas con las de Bob Dylan. Hablaban de los parias, los excluidos, los excesos de la guerra, las drogas, la podrida ambición de los políticos. Jamás creyeron en la generación hippie. “No vimos el amor y la paz”, declaró Tonny Iommi al canal Bio.

“Es genial estar aquí, en la Ciudad de México. Nos tomó mucho tiempo venir, pero finalmente llegamos”, se justificó Ozzy después de que el grupo interpretó ayer en el Foro Sol la primera canción de la noche, War Pigs, un verdadero himno antibélico.

Todos los roqueros están de acuerdo en asumir que Tony Iommy es uno de los mejores guitarristas del mundo, el número uno del mundo según la mítica marca de guitarras Gibson. Una cosa son las clasificaciones, pero otra escucharlo en vivo. Sus solos eran como relámpagos, puntiagudos calambres que se metían hasta los huesos.

Si la intención de Black Sabbath es asustar, lo siguen haciendo muy bien. Ozzy se comporta como lo que es: un maniático presto para volver real su próximo delirio. En ocasiones gateó por el escenario y se arrodilló en él. Emitía un recurrente “Cu-cú”, como dando a entender que todos comprendemos su locura. Pero lo más impactante es su rostro: el de un anciano que puede poner los ojos casi en blanco, arrugar toda la cara y parecer un brujo dispuesto a cometer el más fatídico de los hechizos.

En muchas ocasiones en el concierto Ozzy pedía aplausos para su amigo de la infancia, Tony Iommy. “He’s Iron Man”, gritó Osbourne en una clara referencia a la fortaleza de su compañero, quien se toma descansos de la gira para ser atendido del cáncer que padece. El público mexicano, mientras tanto, estaba compacto en el abarrotadísimo Foro Sol. Apretados cuerpos que sacudían con furia sus puños y movían la cabeza al ritmo del rock más pesado. La mayoría canta cada párrafo de las letras de Black Sabbath, que casi interpretó la lista completa de sus clásicas canciones más tres temas de su nuevo disco: War Pigs, Into the Void, Under The Sun/Every Day Comes and Goes, Snowblind, Age of Reason, Black Sabbath, Behind The Wall of Sleep, N.I.B., End of the Beginning, Fairies Wear Boots, Rat Salad, Iron Man, God is Dead?, Dirty Women, Children of the Grave y Paranoid.

Ozzy Osbourne, de 64 años, ya no llega a los tonos más altos de las canciones y su voz suena mermada; sin embargo, aún da batalla. Incluso en un momento del concierto ofreció que Black Sabbath haría el intento de regresar a México. El comentario cayó como la más alentadora de las profecías para los feligreses del heavy metal.

Megadeth, uno de los grupos pilar del movimiento thrash metal y liderado por el legendario guitarrista Dave Mustaine, abrió el concierto celebrado la noche de ayer sábado. La presentación fue la última de Latinoamérica. Ambas bandas viajarán a Europa, donde concluirán su gira.

Si esta es o no la última gira de Black Sabbath es una respuesta que será echada en un volado del destino. Lo cierto es que el de ayer fue un concierto histórico e imborrable para quienes han hecho del metal su declaración de principios. Con todas las frivolidades que expuso en MTV al desnudar su vida en el reality show Los Osbourne, Ozzy sigue siendo una de los mitos más simbólicos del rock: el pobre que se hizo famoso con la música, transgredió todas las normas, practicó todos los excesos y aún sigue vivo, imponiéndose a toda la lógica moralina. Tony Iommi sigue siendo el sonido del género, el obispo de los guitarristas pesados, la roca inamovible. Butler registró las letras más violentas que el género haya escrito contra la guerra. Y lo mejor de todo: su impecable sonido aún provoca pesadillas.  Regresen o no a los escenarios: ya son diabólicamente inmortales.




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Jaime Sabines, 
en primera persona

La periodista Pilar Jiménez Trejo publica ‘Apuntes para una biografía’, extensa semblanza del poeta mexicano elaborada a partir de cientos de horas de conversación con él
Bernardo Marín/ El País 

El 17 de diciembre de 1988 el poeta Jaime Sabines (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1926- Ciudad de México, 1999) tenía que enfrentarse a una entrevista, un mal trago que trataba de evitar siempre que podía. Como condición para celebrar el encuentro, había solicitado antes las preguntas, unas 50, y había seleccionado 17. La entrevistadora, la jovencísima Pilar Jiménez Trejo, de 22 años, le planteó finalmente 25, pero, pese a la trampa, una conexión profunda se estableció entre ambos. “Para Pilar que me ha chupado toda la sangre con su famosa entrevista para el canal 11”, le escribió Sabines como dedicatoria en un ejemplar de Recuento de poemas. Y comenzó una amistad cimentada en otros muchos encuentros que ahora, 25 años después, ha cristalizado en Jaime Sabines. Apuntes para una biografía, una extensa semblanza del poeta elaborada a partir de cientos de horas de conversación con la periodista.

A partir de aquel primer encuentro la reportera empezó a visitar con cierta frecuencia, no menos de una vez al mes, aquella casa donde todos los nombres empezaban por jota: Jaime; Josefa (Chepita), su mujer; y sus cuatro hijos, Julio, Julieta, Jazmín y Judith. “Al principio se mostraba huraño, y me decía ‘ya viniste otra vez a abusar de mí’, pero vencí sus recelos”, cuenta. “Contestaba muy bien, tenía muy claro lo que era su obra, y su vida como intelectual, sus influencias y sus preocupaciones intelectuales”. En las primeras charlas no se dejaba grabar, pero luego ya se convenció y hacia 1995 empezaron a hacer las entrevistas con la idea de elaborar un relato de su vida. “Sabines nunca quiso que los llamara biografía, le parecía una palabra demasiado ambiciosa, algo que ni uno mismo podía hacer de sí mismo”.
Los apuntes están escritos en primera persona. Pero no en la primera persona de la periodista, sino en la del protagonista. “Yo quería que la voz que se escuchara fuera la de Sabines. Hice un trabajo de edición, quitando muletillas, repeticiones, pero lo que se lee se corresponde a como él hablaba”. Pero precisamente la responsabilidad de dar la palabra al poeta tal vez más popular de México atenazó a Jiménez Trejo, que cargó durante años con más de 90 casetes grabados de conversación por todos sus destinos como periodista, de China a Dinamarca pasando por Singapur, sin decidirse a escribir. “Tenía un gran temor ante la gran figura de Sabines, de sus lectores, de su obra, miedo a traicionar a todos”. Y solo de vuelta a México, más de 10 años después de la muerte del poeta, encontró al fin la madurez para hacerlo.

Quería que la voz que se escuchara fuera la del poeta. Lo que se lee se corresponde a como él hablaba

El libro comienza con la historia de sus orígenes. “Fue mi padre quien me enseñó la profundidad de la literatura árabe… él nació en Líbano y todo el conocimiento de los libros le había llegado por tradición oral”. La voz del poeta relata luego cómo su familia paterna emigró del remoto pueblo de Saghbine, en la frontera con Siria, a Cuba, en un delirante viaje en el que fueron testigos de la erupción del Mont Pelée, en la Martinica. Cuenta cómo su padre llegó a Chiapas y cortejó a la que sería su madre, una niña pudiente de Hacienda que tocaba el piano y el violín. Habla de su infancia, de sus amores de adolescencia, de sus primeros poemas en el periódico El Estudiante, de sus años oscuros como estudiante de medicina en el DF y de su matrimonio con Chepita, una amiga de la infancia. Recuerda sus múltiples ocupaciones, de propietario de una tienda de telas con nula visión comercial a vendedor de comida para animales. Desbroza sus libros, señala a los poetas que más le influyeron (Juan Ramón Jiménez, Miguel Hernández) y a los que nunca le gustaron, como Octavio Paz, “que se ponía guantes y mascarilla para escribir”. Reflexiona sobre la fama inesperada, sobre su carrera política que le llevó, sin gran vocación, dos veces al Congreso (“me metieron jalándome del pelo”). Y lamenta los problemas de salud que oscurecieron la última parte de su vida.

A lo largo de las más de 400 páginas de libro, Sabines se muestra como un hombre sencillo, que abominaba de los cenáculos intelectuales. “Es tan aburrido oír hablar a personas que quieren ser más inteligentes y tener razón en todo… Prefiero a los que no saben de nada. Se aprende más de ellos”. Como un escritor que entendía la literatura como un goce íntimo, no como una profesión, que presumía de ser de los pocos que “habían trabajado toda su vida, en serio, con chambas físicas”. Que escribía por la más pura necesidad de expresión, por necesidad fisiológica, por fatalismo, “porque la poesía, más que una vocación, es un destino”. Y que creía en la felicidad no como una realidad amurallada a conquistar, sino como algo que está todo el día en todas partes, esperando que, por un rato, tengamos la dicha de agarrarla.
Sabines no temía a la muerte. “No podía eludir el tema, y en uno de sus poemas decía ‘quién me untó la muerte en la planta de los pies el día de mi nacimiento’. Pero no tenía miedo a que le llegara, solo a que llegara a los demás”. Lo que sí le aterraba era dolor físico. “El sufrimiento emocional te fortalece, te hace entender mejor la vida. Pero el físico es humillante, no te deja nada, te resquebraja…”, decía. La última vez que Jiménez Trejo se reunió con él fue poco antes de su fallecimiento. “Vente, que ya no vas a acabar el libro”, le había dicho el poeta, enfermo de cáncer. Pero cuando la periodista acudió al hospital apenas la reconoció. Se fue un mes después “reconciliado con Dios”. Amando la vida pero sabiendo a la vez que “nada de lo que uno vive se pierde, que todo queda dentro de nosotros, que no hay olvido”.



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Yo también voy
a terapia: Trino

 Silvina Espinosa/ El Financiero
¡Viva la familia! ...Pero bien lejos (Tusquets) es el título del más reciente volumen del caricaturista José Trinidad Camacho Orozco, Trino. 112 páginas de historietas –realizadas por el también coautor de las tiras cómicas en las que se basa la película El Santos vs. La Tetona Mendoza– que tratan asuntos de índole familiar, desde los ingenuos años escolares hasta las sesiones de terapia, pasando por casamientos, festividades, mascotas y héroes infantiles, entre otras variopintas monerías.

–¿Cómo dio con ese título que alude a la sana distancia entre familiares?
–Yo pertenezco a una familia a la que nuestros padres dieron mucho cariño –asegura Trino–, pero, claro, también voy a terapia, porque hay algunas broncas. Además, como papá, estoy seguro de que también la voy a regar con mis hijos. Pero, bueno, no pasa nada. Yo creo que no hay persona que diga: “No me identifico con nada de este libro”, porque de eso habla: de las relaciones familiares, de la crianza, de la terapia, de la pareja y de la vida cotidiana.

–¿De qué modo fue recabando las historias escolares?
–Lo que pasa es que Margarita, mi mujer, quien también es mi manager y tiene muy buen sentido del humor, es terapeuta de niños (por eso nos llevamos bien); ella fue maestra de kínder y me platicaba muchas historias. Al principio, me decía: “¿Por qué no trabajas algo acerca de los niños con trastorno de atención o algo de humor sobre esa nueva tendencia neo-jipi de las constelaciones familiares?” Pero pensé que era algo muy cerrado porque, ¿cuántos chistes podría haber ahí? Por lo que decidimos abrir el tema a todo lo demás.

–¿Cómo surgió la anécdota del niño al que le preguntan qué quiere ser de grande?
–Eso sucedió de verdad y el niño contestó: “Gigante.” “¿Y en qué trabajarías?” “Pues en los cuentos, miss”, fue la respuesta del chavito. Y tú dices: “Claro, tiene razón.” Pero además todavía un compañero dice en voz bajita: “Yo me iría a los Altos de Jalisco… ahí de seguro le dan trabajo.” Ja-ja-ja.

–¿Cuántos cartones debe hacer para un libro de estas características? ¿Quedan muchos fuera?
–Siendo sincero, debo decirte que con el de Historias desconocidas de la Independencia y la Revolución e Historias sobre el fin del mundo y otras patrañas, tuve que estar haciendo cartones para que entraran; ni modo, no hubo control de calidad. Pero con éste, sí. Incluso quedaron fuera materiales para un segundo volumen que quiero hacer sobre familias poco convencionales.

–¿Hizo alguna encuesta para integrar la lista de los personajes de terror infantil que ya no asustan a nadie?
–Siempre lo he pensado. Dice Maggie que a mi hijo Chema lo he hecho un outsider en la escuela, porque habla de cosas que los otros niños ya no entienden. Llega a platicar de Herbie. “¿Y quien es Herbie?”, le preguntan. “Pues un volkswagen que habla.” Y, “¿qué es un volkswagen?” Ja-ja-ja. Como papá, tienes muchas referencias de tu infancia que intentas transmitir a tus hijos, pero ahora ellos ya traen otra información: que las Plantas vs. Zombies, que los Angry Birds… Yo recuerdo que de chiquito me daban un chingo de miedo los zombies, pero a los niños de ahora ya no.

–¿Cómo hace un monero  para trabajar con referencias que han dejado de serlo e integrar otras que no son de su generación?
–Simplemente lo hago porque, como dice Jis, soy una caja negra de puras estupideces. Me acuerdo perfectamente de las cosas que me dieron miedo como “Luz, la señora que inyecta”, que está en esa lista. Y a mí hijo, por ejemplo, eso de las inyecciones ya no le da miedo, es algo que ya comenzó a ser caduco como las niñas de El resplandor, que tampoco asustan.

–Dadas las circunstancias del país, ¿qué es lo que a usted sí le asusta?
–Híjole, me asusta muchísimo el presidente que tenemos... ¡Y su copete me da más miedo! Me asusta mucho, al menos en mi ciudad, Guadalajara, que en vez de tapatíos sigamos siendo “apatíos”; me asusta que no reaccionemos ante tanto político que nos sigue viendo la cara y, mucho más miedo, que sigamos votando por los mismos. Con esto de los huracanes, la sociedad civil y los mexicanos respondemos bien chido; pero en 2006, por ejemplo, hablando de este tema de la familia, por votar por López Obrador yo me gané la enemistad de mis familiares.

Materia en la que Trino abunda: “El que se haya polarizado la situación se debe en parte a los medios, a los partidos, a los priistas y a López Obrador también, porque tampoco estoy en la onda de que él es nuestro Mesías. No. Yo nada más le voy al Atlas.”
–¿Qué papel debiera tener el humor en todo esto?

–Yo siempre he dicho: “Los políticos nos han robado todo, que no nos roben el humor.” Los mexicanos somos buenos para la chacota, para echar desmadre… Lo único que no me gusta es el bullying. Hay algunos comediantes cuyo humor se basa en fastidiar al otro: al gordito, al chaparro, al prieto, al tonto, al indio... y eso no se vale, es el principio del bullying. Fuera de eso, yo lo que digo es que hay que exorcizarse. Hay que reírse, primero de uno y luego de todo lo demás porque ya te has ganado el derecho.
Además de la publicación de este libro, Trino seguirá dando batalla en lo que queda del 2013. Junto con el caricaturista Jis presentará La chora interminable (Sexto Piso); ilustra un libro infantil escrito por Armando Vega-Gil (Nostra Ediciones), mientras que en Tusquets aparecerá otro más sobre extraterrestres con prólogo de Jaime Maussan. El año que entra dedicará un volumen al tema del futbol.


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“Estoy contento con el destino

porque me impuso ser escritor”

Ángel Vargas/ La Jornada

Fernando del Paso afirma que la literatura es una vocación que debe al destino, el cual “me impuso a todos mis parientes y amigos, con los cuales estoy muy agradecido por haber hecho de mí lo que soy: un escritor”.
Considerado uno de los más relevantes narradores y ensayistas de Latinoamérica, con obras reconocidas como José Trigo, Palinuro de México y Noticias del imperio, el autor hablará al respecto durante el homenaje que el Movimiento Pro Dignificación de la Colonia Roma AC le rendirá este sábado a las 12 horas.

El acto consistirá en la develación de una placa conmemorativa en Orizaba 150, en dicha colonia, en la cual se ubica la casona donde nació Del Paso el primero de abril de hace 78 años.
No obstante que aún se encuentra convaleciente de un problema de salud que lo aquejó hace unas semanas, el escritor decidió viajar a la ciudad de México (vive en Guadalajara, Jalisco) para asistir al mencionado reconocimiento, así como al que se le tributará mañana, también a las 12 horas, en el Palacio de Bellas Artes.

Este segundo homenaje forma parte del ciclo Protagonistas de la Literatura Mexicana, organizado por el Instituto Nacional de Bellas Artes, instancia que reconoce al también dibujante, publicista y diplomático por su trayectoria como “escritor polifacético que ha incursionado en la novela, la poesía, el ensayo, la dramaturgia, el periodismo, el dibujo y en la pintura”.

Lectura dramatizada
En ese acto, que tendrá lugar en la sala Manuel M. Ponce, participarán el poeta Hugo Gutiérrez Vega, Giuliana Dal Piaz, traductora al italiano de Noticias del imperio, y Héctor Iván González, especialista en la obra del escritor. Además se realizará una lectura dramatizada de esa novela histórica, a cargo de Mauricio Jiménez.

A propósito del homenaje que le hará el Movimiento Pro Dignificación de la Colonia Roma, Fernando del Paso reflexiona que, en la existencia de todo ser humano, casi todo nos es impuesto.
“La vida misma, el nombre que vamos a llevar toda la vida, la ciudad y el país, la religión, y lo mismo el idioma con el que nos vamos a entender con los demás. La única imposición que nunca me gustó fue la religiosa”, asienta.

“Estoy contento con todo el resto de las imposiciones. Amé a mis padres, me gusta mi nombre, adoro el idioma en el cual me expreso, me gusta en particular la casa en que nací aunque ya no viva mi abuelo, que era su dueño y hace tiempo que se vendió.”

El literato recuerda que dicha edificación fue propiedad de su abuelo materno, José Morante Villarreal, quien no obstante ser casi autodidacta, pues estudió sólo hasta el tercer grado, logró ser líder ferrocarrilero, presidente de la Cámara de Senadores y gobernador interino de Tamaulipas.

“También el destino me impuso a todos mis parientes y amigos a quienes estoy muy agradecido por su presencia y por haber hecho de mí lo que soy: un escritor”, así rubrica Fernando del Paso el texto que leerá en la ceremonia de hoy.


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Cincuenta Sombras de Grey,

II parte: La sumisa que no quiere

un puño en el culo

Romina Reyes y Melissa Gutierrez/ The Clinic

No es necesario explicar que Cincuenta Sombras de Grey fue uno de los libros más leídos en el verano. En cada vagón de metro, en cada micro troncal se encontraba alguna joven o señora con el ladrillo de 600 páginas a $13 mil y algo sobre las piernas, calentándose con la historia de amor entre Christian Grey y Anastasia Steel. Por eso, en The Clinic Online nos dimos la gran paja de leer esta trilogía “erótica” para saber cuál era la gran novedad. Y llegamos a la conclusión de que es nuestro deber prevenirlos a ustedes, futuros lectores, de por qué Cincuenta Sombras de Grey tiene de liberal lo que la iglesia católica tiene de progresista.

Resumen ejecutivo: Un día Anastasia Steele, estudiante de literatura, llega al despacho de Christian Grey, un millonario joven, a hacerle una entrevista. Primera apreciación: Grey es una especie de Horst Paulmann, Andrónico Luksic o Sebastián Piñera, sólo que nadie se pregunta de dónde saca tanta plata ni si acaso se ha cagado a alguien. No, él sólo tiene plata. Y es joven y alto y mino. Un “Adonis”. Punto. No pregunten nada más.

Al momento que se ven, quedan pegados el uno con el otro, y como Christian Grey tiene plata, hace todo lo que quiere. Investiga a Anastasia, la busca, la jotea con su parada de macho alfa protector y le propone firmar un contrato para que ella sea su sumisa. Tiene sentido porque Anastasia se pasa todo el libro diciendo lo muy tímida y underground y oyente de Snow Patrol que es. Porque Grey es un sádico, pero pronto se verá que su sadismo tiene que ver con una triste infancia, puros traumas, pobre niño rico. Y al final la cosa se trata de cómo ella salva a Grey de sus traumas y perversiones con amor, no con sexo (Spoiler, perdón).
En fin, si con el primer artículo no se convencieron de que Cincuenta Sombras de Grey es una mierda, en esta nota, exponemos la segunda de cuatro razones:

A las mujeres nos encanta que nos humillen y nos pisoteen
La segunda razón, que exponemos en este artículo, es cómo las mujeres amamos perder nuestras libertades y fusionar nuestra personalidad con la de un macho alfa protector.
Ok. Se supone que el leitmotiv del libro, al menos del primero, es el deseo de Christian Grey de lograr que Anastasia Steel sea su sumisa. Porque esta es la única forma en que Grey puede tener una relación. No le interesan las novias, ni “hacer el amor”, sólo le interesa el sexo y el sexo sadomasoquista donde él es el amo y las mujeres voluntariamente son sus sumisas.

Pero Grey, quien dice que no duerme con nadie, que sólo tiene sexo y deja a las mujeres en una habitación especial para ellas, duerme con Ana. No tiene sexo con ninguna mujer si no es por contrato, pero con Ana lo hace. Porque Ana sólo alcanza a firmar el contrato de confidencialidad y no el de sumisión antes de que Grey se la tire. O sea, Ana sabe que Grey no le conviene y es frío y nunca la amará como ella quiere que la amen, pero sigue adelante con la estúpida convicción de que ella puede cambiarlo. Y como este libro es estúpido, funciona.

De todas formas, Grey le extiende un contrato de sumisa que supone una serie de privaciones de su libertad, como que no puede masturbarse cuando no esté con Grey ni sin su orden. Sólo puede usar ropa “que el Amo haya aprobado”, porque podría tener que acompañarlo a algún evento y sería último de cuma que fuera con su ordinariez de ropa. Tiene que hacer ejercicio cuatro veces a la semana y sólo puede comer lo que está detallado en una lista creada por Grey. Tiene que dormir obligatoriamente ocho horas al día y siempre estar depilada. Y debe depilarse en un salón de belleza “elegido por el Amo”. Además, la sumisa “será responsable de cualquier fechoría, maldad y mala conducta que lleve a cabo cuando el Amo no esté presente”. El contrato también incluye, como guía para el femicida, que no se dejarán marcas de golpes en lugares visibles.

Sin embargo, lo que a Ana más le causa dudas es el dolor, no la supresión absoluta de su voluntad: “No estoy segura de tener estómago para ser sumisa… En el fondo, lo que me tira para atrás son las varas y los látigos. Como soy débil físicamente, haría lo que fuera por evitar el dolor”. Ese es el análisis más profundo que Ana es capaz de hacer al cuestionarse si acepta o no el contrato. Para ser fiel a la realidad, Anastasia presenta un par de reparos súper rebeldes, ridículos e inútiles al contrato. Por ejemplo, que no piensa hacer ejercicio cuatro veces a la semana, sino tres. Se mantiene firme en su postura de no dormir 8 horas, sino 6 y le da un no rotundo al fisting (que le metan un puño en la vagina o en el culo). Toda una mujer de armas tomar.
Y en el fondo, todo lo que propone el contrato no tendría nada de malo en una relación sadomasoquista. De hecho, eso es lo que uno espera. Espera leer sobre máscaras de cuero, gente colgada de la espalda con piercings, penetración con objetos inusuales, correas de perro, rasguños, fisting y más. Pero no, no hay nada de eso. Ana nunca firma el contrato y comienzan su relación amorosa manteniendo esa dinámica de Amo/sumisa más por un machismo descarnado que por un contrato sexual de sadomasoquismo

Más allá de la relación amo/sumisa que no llega a concretarse, (porque Ana salva a Christian con la fuerza del amor, como Myriam Hernández y la Ena Von Baer), Ana incluso en su relación de “flores y corazones” se somete a todo lo que dice Christian, pero con el argumento de que él, al ser mayor, más sabio y más todo, quiere lo mejor para ella. Y en un par de ocasiones Ana, motivada por su súper feminismo, decide actuar haciendo lo que ella quiere, pero la situación termina demostrándole que Christian siempre tiene la razón. ¿Quién dijo patriarcado?
La misma actitud respecto a los lujos, que ella parece aborrecer pero termina aceptando sin más, se repite cuando a partir del segundo libro establece una relación convencional con su multimillonario. Acá la premisa parece ser que Christian siempre hace las cosas por su bien (y no porque sea un maniático controlador de mierda a quien se le justifica todo por su traumática infancia). Cuando en el artículo anterior mencionábamos que Grey compra la compañía donde Ana trabaja, no es para controlar todo lo que hace y sus correos y sus horarios, no. Es para protegerla. De hecho, cuando confiesa que compró la empresa y Ana está supuestamente emputecida, Christian le dice “La he comprado porque puedo, Anastasia. Necesito que estés a salvo”. Lo terrible de todo esto, es que en más de una ocasión uno siente que está leyendo una aventura sexual entre un padre y su hija. Y no en una forma catastrófica como Old Boy (SPOILER) o Edipo Rey o Electra. Sino en una forma de “E.L. James, hazte ver”.

Con el mismo argumento se la lleva a vivir con él, porque aparece una ex sumisa peligrosa (muy poco peligrosa), y Christian le impide a Ana ver a cierta gente, con unos celos que no son celos, son “preocupación”, la misma preocupación que la obliga a comer y a cortarse el pelo y a interferir en su trabajo de tal manera que incluso en el segundo libro llega a impedir que ella viaje a Nueva York con su jefe, algo que ella misma reconoce como una “oportunidad profesional”. Y todo porque Grey dice que su jefe se la quería puro comer. En realidad todos sabíamos que esa era la intención, menos Ana. Y una no puede hacerle frente a un hombre jote a menos que venga otro a defenderte, ¿cierto, amigas?
Lo peor es la actitud pseudo rebelde que adquiere Ana de forma casi graciosa, para hacerse la linda antes de obedecer todo lo que dice Christian. Por ejemplo acá:

“-¿Y si a mí no me gusta el bife?

 -No empieces Anastasia.

-No soy una niña pequeña, Christian.

-Pues deja de actuar como si lo fueras”.

Una actitud que no dura más de un párrafo, porque Christian es tan rico y tan irresistible que es mejor hacerle caso que perderlo. Y esa es la gran enseñanza del libro, haz todo lo que quiera el hueón o te quedái soltera. Gracias, E.L. James.


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Un mar de arena


terriblemente hermoso


El Gran Desierto de Altar, tumba de inmigrantes en el Estado mexicano de Sonora, acaba de ser declarado Patrimonio de la Humanidad por su biodiversidad


Juan Diego Quesada/ El País  


Resguardado del sol con una gorra de béisbol, Freddy Luna intenta caminar por el desierto de Sonora sin hundir las botas en la arena. Hace unos años una adolescente desapareció cerca de aquí y el mexicano asegura que su sobrina vio su espectro durante una caminata en familia. “Los niños ven cosas que nosotros no”, dice convencido de que la aparición fue real y no producto de una insolación.


Lo que rodea a este lugar es igual de asombroso. El Gran Desierto de Altar, el mayor de norteamérica, y un conjunto de cráteres y volcanes de los alrededores han sido declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco por su biodiversidad. Se considera un lugar único en el mundo. Un paisaje árido y extremo que Freddy, hombre de pocas palabras, resume en dos: “Terriblemente hermoso”.


Café en mano, Federico Godínez espera a las 5.30 en punto en la entrada a la reserva. Aun no ha amanecido. El canoso director de la Biosfera El Pinacate y Gran Desierto de Altar quiere salir lo antes posible para que las temperaturas, que alcanzan los 50 grados, no hagan insoportable el paseo. El día anterior cruzamos un camino rodeado de choyas y sahuaros (especies de cactus) transitado también por pinacates, unos escarabajos que a su paso van dejando formas circulares en la arena.


Las dunas se suceden y después de superar una aparece otra de igual forma, dando la sensación de que nunca se avanza. La sensación para alguien que esté desorientado tiene que ser asfixiante. Sus 715.000 hectáreas repartidas entre los estados mexicanos de Sonora y Baja California, aunque a simple vista no lo parezcan, albergan la mayor diversidad biológica del mundo en una zona desértica. Cuenta con más de mil especies de flora y fauna acostumbradas a un entorno durísimo. Las dunas, cuyas formas las va moldeando el viento, se crearon por las arenas formadas en los sedimentos del Río Colorado, arrastradas hasta aquí por la corrientes provocadas por la separación geológica de la península de Baja California hace 5,3 millones de años.

La presencia humana, a excepción de los trabajadores de la reserva, se extinguió hace tiempo del lugar. El explorador noruego Carl Lumholtz conoció en 1912 a Juan Carvajales, considerado el último pinacateño mexicano. Su pueblo había desaparecido casi por completo a mediados del siglo XIX por una fiebre amarilla. Los Tohono O’odham o Pápagos, los hombres del desierto, habitaban también aquí pero los pocos que quedan se han establecido al otro de lado de la frontera y regentan un casino con aire acondicionado.
El entusiasta director de la reserva fue quien leyó en Camboya el discurso que le valió ser considerado un lugar único en el mundo. “No hay otro lugar con estas características”, destaca Godínez. Así lo creyó también la NASA, que envió a los astronautas que participaron en el programa Apolo a practicar en estos parajes por su similitud con el suelo lunar. La Unesco cree que su excepcional combinación paisajística lo convierte en un lugar especialmente interesante para la ciencia, sobre todo porque la mayoría de su riqueza natural no ha sido estudiada.

Godínez va a bordo de una camioneta que va haciendo paradas cada poco tiempo. Siempre hay algo fascinante que ver. Un escudo de roca volcánica con forma de corazón, flujos de lava petrificada, cráteres volcánicos con diámetros de 600 metros, cáctus con cientos de años de vida. "Mira qué hermoso", dice mientras señala el cadáver de una choya, convertida en una extraña naturaleza tumbada en la tierra. A veces parece que estamos en otro planeta. La lluvia, como la que cae este día, cambia de repente la apariencia del paisaje y en vez de parecer un lugar árido se asemeja a uno marciano.  
La reserva está recibiendo una media de 12.000 visitantes anuales pero el director asegura que su equipo está preparado para multiplicar por 10 esa cifra. Los vestigios arqueológicos se observan a cada rato. Unos habitantes del lugar de hace 12.000 años diseñaron con piedras unos geoglifos, lo que parecen unos mensajes en el suelo, que todavía no han sido descifrados. Esa misma gente formó los senderos de piedra que unen los lugares de abastecimiento de la sierra con las tinajas, unos pozos naturales de roca en el que beben los animales. La reserva colocó ahí unas cámaras y documentó la presencia de jabalíes, gatos monteses, serpientes de cascabel y coyotes, entre otros muchos.
El municipio más cercano a la reserva es el de Puerto Peñasco, pueblo muy orgulloso de que su equipo de béisbol, Los Tiburones, hayan alcanzado la final regional. En medio de la nada, ante el mar de Cortés, se levantan varios complejos hoteleros frecuentados por gringos sureños. Se puede pagar en pesos o en dólares. La noche la iluminan antros como El Changos, con música en directo, y los luminosos de la cerveza Tecate. Para visitar la reserva, que cuenta con un museo interactivo, solo hay que madrugar, pagar 50 pesos (3,8 dólares) y apuntarse en un registro de la entrada.
Tras un recorrido de 70 kilómetros por paisajes que cambian por completo en apenas unos cientos de metros (de piedra volcánica a campos repletos de plantas gobernadoras) se llega al cráter el Elegante, que se abre inmenso a los ojos del visitante. Está casi al nivel del suelo pero el fondo del cráter es más profundo que su circunferencia. El borrego cimarrón (una especie amenazada por la voracidad de los cazadores furtivos) lo trepa con soltura pero los aventureros se encontrarán con paredes lisas imposibles de sortear sin ayuda de material de escalada. “Peligro no bajar”, se lee en un cartel de letras amarillas. El cráter se formó hace 32.000 millones de año y tiene una forma tan perfecta que parece causado por la colisión de un meteorito. 
En el viaje de vuelta las liebres se asoman al paso de la comitiva de periodistas que la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) lleva a conocer el lugar. Un halcón sobrevuela el cielo encapotado. Antílopes, coyotes, linces y pájaros carpinteros acostumbrados a este clima extremo se hacen de rogar. El reportero Juan García Heredia, del periódico El Sol de México, lleva todo el camino con la cara pegada en la ventanilla tratando de localizar un monstruo de gila, un lagarto venenoso en peligro de extención. “Su picadura es mortal, no hay antídoto”, ahonda García. ¡Mejor nos quedamos con esa liebre cuyas largas orejas fungen como termostato!
¿La reserva podría estar en peligro si se construye el muro de más de mil kilómetros que el senado de Estados Unidos aprobó para impedir el paso de los inmigrantes?
"Sin duda", contesta Godínez. "Hay especies que transitan por ahí, que van de un latro a otro, como el borrego cimarrón. Ahora mismo hay cerco pero amigable con la fauna. Un muro de esas características cortaría los corredores biológicos de muchos mamíferos. Sería peligroso".
El desierto desde el punto en el que nos encontramos es insalvable. Nos separan 200 kilómetros hasta el norte del río Bravo. Los que cruzan lo hacen desde otras partes a las que se puede acceder por carretera. Esos caminos están plantados por botellas de agua dejadas por la Cruz Roja y otras asociaciones que ayudan a los inmigrantes. Freddy Luna, al que le esperaba al otro lado un coche con las llaves puestas, cruzó de esa forma. Trabajó un año por allá y con los ahorros se fue un par de días a Las Vegas, donde lo desplumaron. Sin un dólar en el bolsillo, volvió a casa. Descubrió entonces que no era ni de aquí ni de allí, sino que su hogar era este, un inmenso mar de arena “terriblemente hermoso” que ha engullido a muchos de sus paisanos.




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"Sin el río seremos historia":

conversaciones con un yaqui

Melina Alzogaray Vanella/ etcétera/ dossierpolitico

El mismo día entrevisté a Mario Luna Romero. Tiene 52 años, es Secretario de la Autoridad Nacional Vicam, Técnico Agrícola y también estudió Economía en la Universidad de Sonora. Mario entiende perfectamente la dinámica del capitalismo y del sistema de consumo. Comprende cabalmente de qué manera este despojo de recursos naturales se están legitimando “en aras del progreso”, un progreso que el Pueblo Yaqui nunca ha visto. Simplemente con la tecnificación del campo ellos fueron testigos de cómo se fue reduciendo su área de cultivo: los obligaron a comprar los productos que ellos antes producían.

Desde el comienzo hasta el fin de la entrevista, Mario sostiene su mirada con templanza. Al hablar su voz es calma, lleva la cadencia de un arroyo que silenciosamente se derrama por la columna vertebral de la montaña buscando el mar. Es la voz del venado, del río Yaqui, de los frutales, su voz es la voz del viento, la voz del jaguar. Mario es una flor de raíz.

Tú, hombre de ciudad. Dos puntos. Escucha y aprende. El agua no sale del grifo. Humanízate. Vacíate de civilización. Desarrolla tu sensibilidad. Llénate de vida. Las aguas están en peligro. No condenes al pueblo Yaqui morir a en los museos. Los Yaquis son más de 32 mil, viven y tiene sed.

¿Mario, cómo llegaste a ser quien eres?

Yo creo que nosotros somos producto de una generación que viene de un pasado histórico muy difícil y sangriento. En ese sentido, a nosotros nos han ido preparando para que podamos tener una actitud de defensa ante todo lo que implica “despojo” en las comunidades yaquis. Desde chicos nuestras mamás y nuestros abuelos nos han impulsado a prepararnos física y psicológicamente para poder –en algún momento dado– representar el interés de la tribu Yaqui.

¿Cómo los preparan?

Nos enseñan a vivir con lo mínimo, sin interés por los lujos innecesarios, de los que hoy en día prácticamente nadie está exento. Pero también a sobrevivir en la sierra, a conocer nuestras leyes, los reglamentos internos que hay en la comunidad. Nos enseñan a respetar lo que es la naturaleza, el que no haya una persona por encima de otra, sino que exista un sistema en el que nosotros podamos convivir buscando siempre la igualdad. No importa si eres hijo de una familia que sobresalga económicamente o por su capacidad física. La autoridad da seguimiento a todos los niños y a todas las mujeres. Entonces desde ahí se forman comisiones. No hay cargos vitalicios en el que tú puedas estar para siempre.

¿Quiénes son tus padres, cómo se llaman?

Ahí el sistema es diferente, ahí son familias grandes, no es “el papá y la mamá”. Entonces “el que te engendra” no quiere decir que es quien se hará responsable de tu educación. Generalmente son los mayores quienes se hacen cargo de nosotros. Ya sea el abuelo, o el mayor de la familia, puede ser el papá, la mamá, el tío o el hermano; el que esté más preparado para darte instrucciones. En ese sentido, nosotros normalmente nos vamos con los abuelos y las abuelas, ellas se encargan de instruirte sobre lo que es tu historia y también de las normas bajo las cuales tienes que conducirte en una comunidad Yaqui.

¿Y cuáles son las principales normas bajo las cuales tienes que conducirte?

Primeramente respetar y conocer tu territorio y, posteriormente saber que tú tienes un motivo en esta vida que es saber cuidar tu territorio. También es igual de importante el saber que eres parte de un pueblo que fue creado y destinado para cuidar ese territorio. Nosotros no ambicionamos vivir en las ciudades, no ambicionamos generar mucha riqueza material; sino que nuestros niños son instruidos en las costumbres primero que son las danzas, en hablar la lengua, en apreciar lo que es la naturaleza misma. Por eso ahora con el problema del agua, nosotros sentimos que nos afecta en lo más profundo de nuestro ser.

¿Podrías describirme un día de tu niñez, tu forma de aprender?

La verdad es que yo tuve mucha libertad: yo me despertaba en mi casa y antes de ir a la escuela primero me paseaba por todo mi barrio, con todos los vecinos; no me preocupaba mucho por asistir disciplinadamente a una instrucción académica. Por iniciativa propia decidí ir a la escuela, pero yo me despertaba y saludaba a mi familia, mis tíos, a mis amigos y a todas las personas que yo sabía tenían algo que aportar a mi formación porque uno mismo es el que busca esa aportación. Te crían en un ambiente donde no te sientes obligado a escuchar forzosamente lo que te tienen que decir, como una clase donde tú estás escuchando solamente “recibiendo, recibiendo, recibiendo”; nosotros proponemos el intercambio como la base del aprendizaje. Yo salía de la escuela y mis padres siempre estaban trabajando para aportar algo a la familia. A mí me gustaba mucho pasear por el monte, me gustaba ir a recolectar las frutas silvestres, me gustaba ir a identificar los lugares donde estaban los “caídos en la lucha”…




Y todos estos relatos me los contaban mis papás cuando yo era más chico y los acompañaba a caminar por la sierra, por el monte, por el valle. Cuando crecí volví a hacer éstos recorridos pero más solo y entonces ponía en práctica todo lo que me habían tratado de explicar mis papás de cómo cuidar: cómo no cortar una fruta si no te la ibas a comer, o que si hay tres o cuatro pitayas en un cactus tu tendrías que considerar que no eras el único con hambre, había también un pajarito que tenía ganas de comer; entonces tú tenías que equilibrar el grado de afectación que le dabas a ese cactus porque tenías que contemplar también a los animales que tenían que alimentarse de ese cactus. Incluso evaluar si era muy necesario mover una piedra. ¿Qué necesidad hay? En este ambiente nací yo, en el que afortunadamente pude conocer cómo se mueve un venado en la sierra, como el árbol donde él se talla no lo puedes tocar porque estás invadiendo su área natural, cómo el agua escasa que existe en algunos manantiales no era necesario tomarla para no quitárselas al jabalí, al conejo, a la iguana que van a llegar ahí. Todas estas cuestiones las aprendimos de una forma natural: caminas, observas, aprendes y de paso te traes algo de leña. (Mario se ríe) Y llegabas a tu casa orgulloso de cultivarte y de conocer un lugar que fue espacio de defensa o de sacrificio, conectarte en ese ambiente. Así me tocó vivir a mí.

Ya después de eso, todas las tardes tuve la fortuna de tener mayores que me daban su palabra y nos instruían más que nada en cómo apreciar todo esto. Yo de niño nunca sentí la necesidad de tener bienes materiales, de estar obligado a tener un juguete o dinero. Más bien nos sentíamos a gusto con la libertad que nos daban. El día que nos tuvimos que ver en la necesidad de defendernos –fuera de nuestro hábitat, fuera de nuestro territorio– es cuando entendimos que hay que estudiar y hay que aprender de lo que está afuera. En este sentido nos vimos en la necesidad de prepararnos, de empezar a leer y escribir y a comprender cómo funcionan las tecnologías de la “otra cultura”. Sin embargo ese proceso de aprendizaje también fue muy natural; no es algo que tus papás “te obligarán a hacer”. Yo creo que ese método de aprendizaje está muy depurado en los pueblos indígenas y que el proceso instructivo que te da la educación pública afecta de muchas maneras el aprendizaje que se tiene, pues.

¿Podrías relatarme la historia del pueblo Yaqui?

Tenemos la concepción de que fuimos creados en esa parte del territorio donde nosotros habitamos; que es en el estado de Sonora –entre los municipios de Guaymas y Yuacaihe–. Que nuestro creador nos dio la oportunidad de que nosotros fuéramos producto del agua y de la tierra, por lo tanto dependemos y “somos parte de ella”. En defensa de esos elementos que son parte de nuestra tradición, es que se ha dado toda una historia de defensa. Nunca quisimos ir más allá de nuestro hábitat natural. Al contrario, la defensa ha sido porque nos han invadido.

¿Cuándo se delimitó ese territorio?

En el momento mismo de nuestra creación. Hay límites naturales que nosotros reconocemos y que hoy no son los actuales. Han ido reduciendo prácticamente un tercio de lo que es nuestro territorio, pero espiritualmente seguimos guiándonos con esos puntos naturales que nos señalan nuestros mayores. La lucha de nuestro pueblo es continua y no hay descanso. Hemos sido invadidos desde que llegaron los colonizadores a esa parte de México, se les dijo muy claro “…de ésta raya no vas a pasar, hacia allá yo no te digo nada. Pero si tú cruzas esta raya va a haber guerra porque tú vas a invadir algo que es sagrado para nosotros, que es el área que yo estoy cuidando para que no se altere el equilibrio natural que existe ahí….”. Obviamente el invasor viene por todo y viene porque en esa aérea semidesértica de Sonora se crea un microclima muy particular, una humedad que precisamente genera el flujo del río. Hay bosque, hay valle, hay mar, hay sierra, están todos los elementos conjugados. Lo primero que dijeron nuestros mayores es que nos iban a invadir y efectivamente. Por cientos de años hemos defendido nuestro territorio. Primero nos invadieron territorialmente, poco a poco empezaron a rodearnos, a la tribu de colonos y ranchos; posteriormente empezaron a invadir a la tribu Yaqui con la religión. Llegaron los misioneros jesuitas, hubo un acuerdo por el grado de tecnología que se vivió en aquél momento, la tribu Yaqui vio cómo el sistema de misiones estaba llevando a cabo con los pueblos indígenas vecinos, vieron que estaba floreciendo la agricultura, la ganadería, el arte. Y los Yaquis dijeron “nosotros queremos aprender de eso”. Y allí comenzó una especie de intercambio donde militarmente no pudimos ser despojados, no pudieron quitarnos el territorio. Pero dijeron “yo a cambio de esto te voy a mostrar la espiritualidad que nos permite vivir en paz y crear”.

¿Entonces qué significa la cruz en la bandera Yaqui?

Pues la cruz en la bandera Yaqui significa… tiene varios sentidos, pero representa las aspiraciones que debemos tener todos. De ser un ser un humano, donde tú no eres más que otros. Pero ya la interpretación que les dieron los que abrazaron la nueva religión fue la de la aceptación del cruce entre la cultura Yaqui y los jesuitas, representa el sincretismo que surge de abrazar esa nueva religión.




¿Cuál es para ustedes el origen de la lluvia?

La lluvia… es algo que nosotros negociamos con nuestro creador: “Yo te voy a proteger todo este territorio, el río, el monte, yo no lo voy a acabar, yo voy a proteger la vida misma y por lo tanto tú a cambio me vas a dar esa bendición a través de la lluvia y del viento”. Es lo que no podemos controlar, ni el viento ni la lluvia, son los únicos elementos que no podemos alterar ni tener control sobre ellos. Cuando la lluvia cae es una bendición por hacer las cosas bien.

¿En este sentido qué significa el río Yaqui para ustedes?

Nosotros somos concebidos a partir del río. Consideramos que es el origen de la vida y es también la columna vertebral que mantiene unida toda nuestra estructura poblacional, geográfica y política. Todos los pueblos y las manifestaciones culturales que nosotros hemos desarrollado a lo largo de estos años, están relacionadas con el río Yaqui. Pero aún más, antes de la llegada de los misioneros todos vivíamos en el río. De hecho hubo un momento en que unos aceptaron la nueva religión y otros no, y esos que no la aceptaron decidieron no vivir más en la superficie y se fueron a vivir al río y allí están, son nuestros ancestros. Si nosotros afectamos a la tribu, los afectamos también a ellos que están ahí. Una cosa son los “caídos en lucha” y otra cosa son los que están viviendo ahí para que ese río nos permita permanecer y que no se vaya. Para nosotros ese río es todo. Sin ese río no hay árboles, no hay animales y no hay agua, no hay nada. ¿Qué vamos a hacer sin ese río?

Y obviamente ya en lo material el agua del río a nosotros nos permitía –antes de 1935 cuando se hizo el primer estudio allí– irrigar bajo el sistema de misiones alrededor de 70 mil hectáreas con pura agua del río. A partir de 1945 con “la modernización” que ellos anunciaron, con el control de las aguas del río, ellos alteraron lo suficiente para dejarlo en 24 mil hectáreas con su nuevo sistema de planificación de predios. Y además redujeron la libertad para sembrar para autoconsumo e impulsaron una manera de sembrar para “ganar excedentes” que les permitió la colonización de Baja California, ya no sembramos para comer. Después fue una cuestión comercial: los bancos que financiaban los créditos agrícolas dijeron “ahora vas a sembrar solo trigo, o cártamo o maíz” que es lo que el mercado está pidiendo y es lo que puedo vender. Obviamente la tribu no ha dejado de sembrar frijol, calabaza y otras cosas para comer, pero se redujo al mínimo. Entras en otra lógica, pues. Nosotros no tenemos propiedad privada, la sociedad te dota de zonas agrícolas para trabajar para la comunidad. Poco a poco ha ido cambiando esa mentalidad de producir para comer.

¿Desde cuándo sufren escasez de agua?
Desde el momento mismo en que se controlaron los surgimientos del río Yaqui en 1942 cuando terminaron de construir la Presa de La Angostura que está alrededor de 200 km fuera del territorio Yaqui, casi pegado a Chihuahua. Se cuidaron muy bien de controlar el río desde donde nace para evitar que diéramos la defensa del río, pues. Pero igual hubo levantamientos armados, hubo bastantes incursiones y problemas. Para intentar calmarnos emitieron un decreto mediante el cual reconocían de la captación de la primera Presa de Langostura, que el 50% sería destinada para la tribu Yaqui, se nos dio propiedad, eso fue en la época de Lázaro Cárdenas. Con ese pretexto pusieron una presa derribadora para controlar la otra mitad que era de ellos y la nuestra también. Ellos como propiedad privada comenzaron a abrir y abrir el consumo de agua porque pensaban que nosotros no la necesitábamos. El agua del río que no se usa “para producir” ellos la toman como pérdida, cuando nosotros sabemos que esa agua sirve para que siga manteniéndose el equilibrio del ecosistema. Ese fue el primer despojo, porque empezaron ellos a controlar el agua. Luego vino la Presa El Novillo y vino un nuevo control que captaba volúmenes de agua mayores. Ante la disminución de las aguas dejaron de sembrarse varias superficies. Y entonces optaron por reducir al mínimo los decretos de agua.

¿De qué manera la decisión de construir el Acueducto Independencia y desviar el cauce del río para abastecer a Hermosillo constituye una amenaza a la supervivencia del pueblo Yaqui?
La falta de respeto que tiene los empresarios que se han apoderado de los gobiernos es que ellos siempre hacen las cosas para producir riqueza. Y nosotros lo único que queremos es vivir bien. Lo que ellos han hecho es apropiarse y agotar las aguas del río Sonora que es la cuenca hidrológica que le corresponde a Hermosillo. Ellos hicieron un montón de represas y sin permiso, las hicieron para abastecer a sus ganados; explotaron irracionalmente los mantos freáticos al grado de que evidentemente hoy falta agua en Hermosillo. Pero no falta agua porque no haya, faltan aguas nacionales que sean para el uso exclusivo del pueblo. Ellos tienen aguas pero las tiene concesionadas al servicio de industrias, agricultores y ganaderos, no tomaron en cuenta de que la población también necesita agua. A la población las está dejando al último, con los volúmenes que tienen del río Sonora ellos pueden abastecer su ciudad, inclusive ellos tienen una pérdida por conducción de agua de un 40%. Tienen agua y mucha, pero ellos saben que el agua del río Yaqui tiene los elementos y la pureza necesaria como para transformarla y darle otro uso que no es precisamente de consumo humano. Ellos tienen un proyecto a 20 años de pasar de 900 mil habitantes a 3 millones de habitantes. Quieren concentrar toda la población de Sonora en Hermosillo, despoblar. Hay grandes proyectos mineros, turísticos, grandes proyectos náuticos, quieren concentrar a todos en una urbe y tener allí mano de obra barata. El proyecto de “tener más agua” no es porque los hermosillenses tengan necesidad de beber agua, ellos quieren agua porque la industria se los está exigiendo. Se acaba de instalar la planta cementera más grande de Latinoamérica, hay un proyecto inmobiliario muy ambicioso en donde hay que construir muchas casas y eso va a consumir mucha agua. Hoy esas tierras no tienen valor, hoy cada metro cuadrado de suelo tiene un valor de dos pesos, pero ya con agua del acueducto tendría un valor de 200 dólares, eso es suficiente para darse una idea del nivel de especulación inmobiliaria que mueve estos intereses. Pero también el hecho de que la planta Ford haya premiado a Hermosillo “por su capacidad productiva y su ambición de ser una ciudad más industrial” generó que multiplique su capacidad. La industria automotriz es altamente consumidora de agua. Aparte se instala la cervecería Heineken, se amplía la Coca Cola, se amplía la Pepsi, se emplaza la Vic Cola. Todo lo que necesite agua se está instalando en Hermosillo donde no hay agua suficiente para tanta industria. Ellos exigen traer agua de donde sea y a costa de quién sea. Y como ellos creen que nosotros no la usamos, se creen con el derecho de quitárnosla. Tiene una costa muy cerca y pueden desalar agua. Ellos no quieren hacer eso. De hecho recuerdo cómo una vez dijeron “ese misma agua que tú utilizas para sembrar una hectárea, yo la puedo utilizar para una alberca que me genera más riqueza”.

¿Qué piensas de cómo vive la gente en la ciudad?

Yo pienso que cada quien vive como pueda, yo creo que la gente vive aquí porque se ve obligada, no creo que viva aquí por gusto, ¿verdad? Es una condición muy adversa. Pero también es una forma de vida poco saludable, entonces nadie “bien informado” arriesga su propia salud de esta manera. Es por necesidad que están aquí en la ciudad. Yo no estaría a gusto viviendo aquí.

¿Por qué?

Porque a mí me gusta vivir libre, con los animales; moverme libremente en mi territorio. Ahora aquí por una necesidad, como todos. Muchos ya se habrán adaptado. Yo leo en la prensa y veo en todas partes que “no es saludable vivir en la ciudad de México” y sin embargo están aquí y siguen llegando. En Hermosillo es igual. La gente llegó desde las sierras, porque ya las condiciones no le permitieron vivir de la ganadería y la agricultura por la falta de agua. Y porque les hacen creer que la naturaleza no te da lo suficiente como para que puedas satisfacer tus necesidades; depende qué necesidades: “Yo necesito mi teléfono celular y en la sierra no hay señal”.

¿Cómo imaginas a la tribu Yaqui en un futuro?

Mario me mira diferente, respira profundo y toma el valor del guerrero que es, para contestarme. La realidad es que vamos a salir adelante; yo puedo imaginarme que tenemos que seguir viviendo como tribu Yaqui en ese territorio; vamos a ganar. No estamos preparados para perder y no podemos perder. Hoy hubo un triunfo jurídico, es una de varias batallas que tenemos que ganar. Es un paso encaminado a tumbar esa nueva intención de despojo. El acueducto es ilegal, es inmoral, es injusto y está en franco desacato y en franca rebeldía en contra del Sistema Jurídico Mexicano, en contra de todo el sistema que México se ha dado, violentando ordenamientos judiciales, violentando derechos y violentando un decreto que nunca ha caducado. Todas estas cuestiones son algo aberrante. La civilización que tanto ellos pregonan quiere vernos a los Yaquis únicamente como una pasado glorioso de los libros de historia, pero la tribu Yaqui sigue viva, se está haciendo historia día con día, minuto a minuto. No somos un pueblo muerto, somos un pueblo vivo que tiene su lengua, tiene su territorio, tiene su historia, tiene un proyecto de vida, no es para que nos tengan en un museo diciendo “los Yaquis fueron esto…”. Los Yaquis somos vida.

¿Qué significa para el pueblo Yaqui el Amparo en contra de la Autorización para construir el Acueducto Independencia en el estado de Sonora?

Lo que subyace en este “intento de despojo del agua” es que la historia de la tribu Yaqui está plagada de ataques genocidas contra nosotros. De 1900 a 1910 se dio deportación masiva de hombres, niños y mujeres –sobre todo mujeres– de la tribu Yaqui de Sonora hasta Campeche, Quintana Roo, Yucatán, Oaxaca, Guerrero. Mandarlos de punta a punta, de un clima hacia otro. ¿A qué?: a que murieran, pues. Si tú no te puedes reproducir allí, desapareces. Por eso se empeñaron en llevar más que todo a mujeres. Los hombres se fueron a la sierra a dar batalla frontal con el ejército invasor y las mujeres se tuvieron que quedar con los niños a cuidar, agarraron a todas las mujeres y las vendieron como esclavas. Pensamos que la guerra es de hombres, y no es así. Por eso nadie quiere la guerra, la mayoría de ellas murió pero las sobrevivientes regresaron al territorio. Creímos que con la Revolución se iba a respetar el territorio, sin embargo Álvaro Obregón –que tenía a muchos Yaquis en su ejército– pensó que éramos demasiados pocos para semejante territorio y él mismo se apropió de una gran superficie de la tribu y otra vez volvimos a la defensa de la tierra; pero esta vez más cruenta porque mandó los primeros aviones del ejército mexicano, que sirvieron para bombardear a la tribu Yaqui. Imagínese una zona semi desértica... a lo mejor en una lucha frontal tienes defensa, pero con un ataque aéreo hay poca defensa… Aún así la Tribu Yaqui sobrevivió. Todos estos intentos que se han hecho de aniquilar a que la Tribu Yaqui no han prosperado.

Pero si nos quitan el agua vamos a tener que desterrarnos de ahí, vamos a tener que irnos a las ciudades, a otros campos donde haya agua. Eso nos obliga a abandonar nuestro territorio, la vida comunal, a lo mejor como individuos seguiremos existiendo o dando lástima en las ciudades, andar de migrante o robando porque llegaríamos sin nada, cuando tenemos todo acá para sobrevivir. Y a eso nos quieren condenar: a desaparecer como tribu Yaqui, a ser un individuo únicamente. Nosotros vemos que con esta intención de despojarnos –si alguien nos considera humanos– pues es una violación a nuestros derechos como seres humanos, de primera, segunda y tercera generación. Porque si nos quitan el agua no me la están quitando a mí solamente, también se la están quitando a mis hijos y los hijos de mis hijos. Este territorio que tenemos, esta agua que tenemos, esta lluvia que disfrutamos, es producto de que la cuidamos. Porque cuando nosotros entramos a la escuela nos enseñan el ciclo biológico: “si tú cuidas el río, cuidas el árbol y el pájaro se te compensa con la lluvia”. Lo cierto es que todo esto obligaría a la tribu Yaqui abandone su territorio.

Nos amparamos porque nunca nos avisaron que ese proyecto estaba por comenzar, y hasta esta hora que aún no nos avisan oficialmente que esa obra se está llevando a cabo. ¡Obviamente tenemos que reaccionar! Y reaccionamos en la forma de pedir un Amparo y promover un juicio de redistribución de agua de hace 70 años que se decretó a favor de la tribu y no se ha cumplido cabalmente.

¿Por qué crees que los gobiernos no respetan ni defienden los derechos de los pueblos indígenas?

Pues será porque a los gobiernos ya les queda muy poco. Quieren consumir todo para crear la impresión de que ya no hay nada por rescatar, de que no hay nada que defender, hacerte creer. “Tus mayores fueron muy valientes, pero tú qué”. Yo por ejemplo ya no estoy en condiciones de andar en la sierra (Mario se mira su pantalón de mezclilla y su camisa a rayas) peleando contra el ejército mexicano. Yo no tengo la condición física ni material para darle batalla al Ejército Mexicano con las armas, ni yo ni ningún Yaqui queremos hacerlo. Pero bueno, sí estamos enterados de que en gran parte del país hay muchos pueblos que les está pasando lo mismo que a nosotros. Y todos esos pueblos se están preparando para resistir, para no renunciar a lo que los pueblos nos han heredado. Nosotros tenemos una estructura tradicional militar que está compuesta históricamente, ancestralmente por capitanes, comandantes, cabos, una tropa, regidos por un gobernador civil.

¿Por qué la gente de la ciudad no cuida el agua? ¿De qué manera se puede concientizar a asumir la responsabilidad de su cuidado?

Yo no creo que la gente no cuide el agua. Lo que yo creo es que el sistema vigente en las ciudades es un sistema de control del agua, y no permite que el ciudadano cuide el agua. Yo platico con varias gentes de la ciudad –incluso ingenieros, técnicos y licenciado– y cuando yo les explico que por qué estamos defendiendo un agua que se encuentra a cientos de kilómetros del territorio Yaqui, ellos piensan que esa agua no me afecta porque está en otro municipio. ¡Como si el agua se diera por municipio! El agua es algo natural y se responde a un ciclo natural, no importa donde nazca. En las ciudades la gente cree que el agua sale del grifo. ¿Pero estas aguas de dónde nacen, de dónde creen que la traen? La gente no quiere saber eso, no les interesa esto que estamos platicando.

El río está vivo y viene escurriendo, buscando cómo llegar al mar, cuando lo hace no necesita un motor ni una bomba ni una llave que lo haga avanzar o permanecer estancado. La gente de la ciudad no comprende ésta dinámica del agua. Nadie se preocupa por saber acerca del ciclo natural del agua. Si no tienen para pagar un plomero no se sienten capacitados para detener una fuga, que entonces dura días, semanas, meses. Ellos le delegaron la responsabilidad a un Sistema de Aguas que está ahí y que obviamente no están haciendo bien su trabajo.

Yo no creo que la gente de la ciudad no cuide el agua, no está preparada para cuidarla ni la están preparando para que la cuide porque el interés del sistema de gobierno es precisamente el control de esos recursos vitales para que la gente no pueda apreciar el valor que tiene. Por eso a nosotros se nos hace tan dramático, porque lo podemos ver.

¿Qué crees que pasará con el agua en el futuro?

Si nosotros no hacemos nuestro trabajo… A mí me tocará defender el territorio Yaqui, pero habrá otros que les toque defender el de Xochimilco, Wirikuta, la Selva Lacandona, Guerrero. A todos nos toca defender los bienes naturales porque son de todos. Pero la intención que hay es la de privatizarlas para generar riquezas y ganancias para pocas personas. Veo un futuro enfrentado por dos posiciones. Nosotros tendríamos que dar todo para que el agua siga siendo un bien natural. No podemos permitir que la privatización se apodere de algo que es vida. El razonamiento perverso que ellos tienen es el de decir “a mí no me importa que tú produzcas una tonelada de trigo ahí porque yo puedo producir un vehículo que tiene mil veces más el valor monetario que tu trigo”. Pero ellos no toman en cuenta que ese trigo se convierte en el pan que está en la mesa de todos; se convierte en la carne porque ese trigo alimenta la vaca, el pollo y el cerdo. Ellos no lo ven así. La verdad es que aquí se está produciendo vida y allí se están produciendo necesidades.

¿Hay algo más que creas importante mencionar…?

A mí me parece importante mencionar que el amparo que se le otorgó a la tribu Yaqui es una oportunidad que tiene el sistema mexicano de volver a aplicar el Estado de Derecho, si hay una anarquía total en Sonora es porque se ha permitido, tiene que aplicarse esa disposición y si no se aplica todo está condenado al fracaso todo el sistema de Sonora, México y América Latina. La gente ya no aguanta más, hay que darle respiro a esta situación.


¿Que significa para ustedes el venado?

El venado para nosotros es algo muy importante ya que representa una de las danzas primitivas que han permanecido casi intactas en nuestra cultura, pero también en el ciclo biológico, en nuestra cadena alimenticia es el animal que está en la punta de la pirámide. Si existe el venado es porque existe vegetación, el conejo, es porque existe la hormiga y el organismo más diminuto de la fauna silvestre que ayuda al equilibrio de la naturaleza. Para nosotros la existencia del venado es un indicio de que estás haciendo las cosas bien. Y por lo tanto, el hecho de que lo tengas en tus valles te permite conectarte con la naturaleza a través de la danza, a través de admirarlo en su estado natural y de cuidarlo, también de comerlo en los rituales que hacemos…

Y de igual forma el venado significa que también existe el león, existe el jaguar, todo tiene una razón de ser. Cuando no ves el venado es porque algo está mal, el venado está entre el animal carnívoro que se lo va a comer y lo que él mismo está produciendo por estar vivo. Por eso lo admiramos y respetamos. Es símbolo y conducto para armonizar al ser humano con la naturaleza.



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Jacinta: Una mujer

que vuela en Cuetzalan

 Oliverio Girondo/ El Financiero

"Busco a la que sabe volar”, dije ya en la noche de un jueves aciago mientras descansaba mis huesos en uno de los muchos cafés que hay en Cuetzalan y me bebía el cuarto expreso doble del día. La Sierra Norte de Puebla me había perdonado la vida en un par de veces, la primera cuando por los rumbos de Apulco alguien me avisó de la llanta ponchada y un ángel de la guarda transfigurado en talachero arrancó un vidrio como quien quita el clavo de una cruz y la segunda con el café nocturno que ponía en orden ideas, sentidos, miedos. “Eso ha de ser un mito, las mujeres no vuelan”, era lo que decían algunos; “Sí he escuchado de alguna mujer que lo intentó alguna vez pero de eso ya tiene tiempo”, respondían los otros.

“Hace un año conocí a una joven mujer voladora de nombre Hermelinda”, dijo la doctora María Rivas Guevara, investigadora del Centro de investigación en etnobiología y biodiversidad de la Universidad Autónoma Chapingo, a quien yo acompañaba en el viaje para aprender sobre los saberes tradicionales de la Sierra Norte de Puebla y motivado por la historia de una voladora de 'Papantla'. “De Cuetzalan”, me corrigió, Rivas Guevara, “los pobladores afirman que la tradición de los voladores es originaria de ese Pueblo Mágico poblano. La historia de la voladora tenía no sólo el ingrediente de la curiosidad sino también el de la tradición: ella volaba siendo mujer (y además una joven madre) y, efectivamente, esta era una tradición en la que sólo participaban hombres pero que su papá que había sido un volador de mucha tradición y prestigio en Cuetzalan no había tenido hijos varones que heredaran la tradición y tomó la decisión de enseñarla a volar, dijo la doctora Rivas mientras apuraba otro trago de café y ambos mirábamos el palo de los voladores en el centro de la plaza.
“Seguro buscan a Jacinta”, dijo Doña Xoco mientras nos servía otro café, “Ella vuela desde hace mucho tiempo. Trabaja en el departamento de turismo, seguro la encuentran a estas horas” y señaló al otro lado de la plaza ataviada de noche y de la lluvia. Apuramos el último trago y fuimos en busca de la voladora de Cuetzalan…

 El olor del café se mezcló con el de la lluvia. A cada paso el palo de los voladores se hacía más grande, él y la torre de la iglesia apuntaban a un cielo que volvía a poner entre sus labios la palabra lluvia. ¿Cómo carajo se atreven a subir hasta allá?
Creo que el palo de Cuetzalan es el más grande que he visto en mi vida (hay quienes afirman que el de Papantla lo supera aunque ese es de metal), mientras el vértigo invertido se apoderaba de mí trataba de imaginar a ese árbol majestuoso en mitad del bosque, a los voladores llegando al pie de él armados de tabaco, aguardiente y flores, los cuatro hachazos por cada uno de los voladores, el perdón callado a la madre Tierra por arrebatarle a un hijo más, el gran palo del volador entrando al pueblo como un tótem o un dios, como ese hijo predilecto de la madre que llega hasta Cuetzalan.

Caminé a la base del palo para tocarlo al menos, para ver si se escuchaba algo, al menos el canto del guajolote enterrado metro y medio más abajo, el aroma de las flores, “Perdón madre Tierra, mira que descendemos desde las alturas para adorarte”, la punta rasgó el cielo para dar paso a las nubes y mostró a una Luna que mostraba a un conejo que contaba una historia que…”, “Mide 28 metros”, dijo una voz a mis espaldas, era Jacinta.
“Mi tío era caporal, Don Antonio Echeverría, era el más chingón de todos”. Jacinta mira al palo de los voladores como quien mira a un reto pero también a un pariente querido, “él se subía descalzo y sin usar escalones”, lo dice con admiración y con envidia, a sus 40 años de edad ha logrado hacerse más que de un nombre de una leyenda en el ámbito de los voladores. Jacinta Teresa Hernández es una de las impulsoras más importantes del fenómeno de las voladoras.

“Hay algunos grupos como el de Jorge Baltazar que están integrados por mujeres”, incluso ella lidera uno de los muchos grupos de voladores que arriesgan su vida cada semana a lo largo de la Sierra, las Guerreras del Sol.
Aunque parezca un fenómeno nuevo no lo es. La investigadora en temas de género Eugenia Rodríguez Blanco habla de ellas en su trabajo Perfiles latinoamericanos “…Rompen el techo de cristal” sobre sus cabezas, liberan sus pies del suelo pegajoso que las atrapa y se lanzan al vuelo, y éste es, entonces, la expresión simbólica de su autonomía, libertad e independencia. Las mujeres que vuelan en Cuetzalan sugieren ruptura y esperanza: ruptura con un orden de género que determina su subordinación y dependencia, y la esperanza del cambio cultural proigualdad de género…”

Aunque, a decir de Jacinta ellas no están en competencia con los hombres. “Acá no tenemos ningún problema. Casi todos los grupos tienen de una a tres mujeres”, dice Jacinta orgullosa de formar parte de una tradición que se hereda entre familia, como el ya mencionado de Jorge Baltazar que comenzó volando con sus hijas, o bien se da como un orgullo regional del que todos forman parte. “En Papantla no les gusta, dicen que les hacemos competencia porque las mujeres llaman mucho la atención. Son totonacos cerrados”, Jacinta sonríe y voltea a lo más alto del palo, a lo mejor pensando en otros vuelos que la han llevado a otras latitudes, a España, a Francia, a Madagascar incluso.
Volar: un tema de identidad

Son muy jóvenes, casi niños incluso. Si uno los encontrara a la salida de cualquier preparatoria o secundaria no podría distinguirlos de los demás, porque eso son precisamente: jóvenes comunes y corrientes con actividades iguales a las de otros jóvenes. Usan camisetas con leyendas deportivas o de autos, pantalones de mezclilla desgastados, peinados a la moda, teléfonos móviles a través de los que chatean y hasta perfiles de Facebook.

Sus actividades varían desde el trabajo en el campo o el estudio de la secundaria, la preparatoria o incluso la primaria como es el caso Darío, que a sus escasos 11 años ya tiene amplia experiencia como volador, “Me siento como un águila”, dice y mira al cielo.
“Yo también soy un águila”, confirma Eustaquio de 24 años quien es el caporal del grupo, “soy un águila y la pienso que la gente son mis presas”. Lo hacen porque les gusta, lejos de los prejuicios que incluyen el hecho de que el volar es su única opción y lo hacen a cambio de limosnas, este grupo de voladores de Cuetzalan (al igual que muchos otros de la región) lo hacen porque es una manera de identidad.

“Yo comencé tarde, a los 18 años”, comenta Guillermo, quien a sus 21 años tiene pinta de galán y una sonrisa fácil, “mis papás no me dejaban así que tuve que esperarme a ser mayor. Desde niño quise volar”. En otras familias los alientan desde pequeños, como ya se dijo forma parte de una tradición que se hereda. La identidad es el conocimiento de sí mismo, afirma Rivas Guevara, “ésta se construye a partir de la cultura o de las manifestaciones culturales: saberes, costumbres, tradiciones, etc. a través de un proceso de aprendizaje y creación de la conciencia social es como se define la identidad individual, grupal, colectiva y social. La identidad siempre se manifiesta ante el otro diferente a mi o lo otro diferente a lo nuestro”.
Los chicos hacen bromas en náhuatl, su lengua materna, ríen y coquetean con la chicas que los ven pasar, les sonríen y ellos toman actitudes de rockstars. “Vamos a los camerinos”, bromea Eustaquio.
Los acompaño a la parte trasera del inmenso templo de San Francisco de Asís. Se cambian de ropa en silencio y con devoción, sacan de sus mochilas los hermosos trajes rojos bordados a mano, en ellos se mezclan las imágenes prehispánicas con las figuras de santos y vírgenes, incluso un Piolín aparece en la pierna de Eustaquio “el también merece volar”, dice y se ríe. El colorido de los trajes contrasta con lo negro de los botines que usan todos, “abajo está el inframundo, arriba está el cielo”, comenta Guillermo mientras se calza las botas.

Jacinta aparece y ya está vestida por completo, todos se ponen serios, más por estar en presencia de una mujer por estar en presencia de una líder. Ella trae un elegante traje rojo quemado. Cada traje es una historia personal que merece volar. El grupo se dirige a la base del palo y las bromas y las risas no paran. A los humanos terrestres nos resulta raro ese buen humor antes de enfrentar el terror de las alturas, el miedo a la muerte incluso.
Volar en primera fila

“Arriba nos vemos”, me dice Jacinta a manera de broma. Escalo el campanario de la iglesia de San Francisco en medio de telarañas y oscuridad. Me reciben tres campanas mudas, me siento un intruso que, si hace ruido, despertará la monstruo dormido en ellas. Tres arcos de cantera me separan de la nada, el palo coronado por la manzana está a escasos metros de mis ojos, un Cuetzalan de juguete se muestra a mis pies, “28 metros”, recuerdo la voz de Jacinta antes de apartar el vértigo que me separa del paisaje.
Abajo inicia la “Danza de los voladores”, como erróneamente se le denomina a este rito del Período Preclásico Medio mesoamericano que a partir del 2009 es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. “Cuando visité por primera vez México en 1967, vi a los “voladores de Papantla” como la atracción nocturna de un restaurante de Taxco. Desde entonces hasta muy recientemente di por hecho de que la ceremonia era originaria y realizada por individuos de Papantla”, comenta la doctora Rivas, originaria de Nicaragua pero mexicana por adopción y formación y a quien el amor a nuestro país la ha llevado no sólo a optar de México como patria sino como la materia prima de su trabajo.

Hoy sabemos que el ritual se mantiene como tradición en la Sierra Norte de Puebla y el Totonacapan veracruzano pero que hay vestigios de su existencia en lugares como Colima, Jalisco y Nayarit e incluso en Chichicastenango, Guatemala. Lo importante es preservar la tradición y esos jóvenes que arriesgan su vida lo hacen por amor a la tradición misma. “Los conocimientos tradicionales y las expresiones culturales son un conjunto de saberes, valores, habilidades y destrezas que se aplican en la vida diaria y que se expresan en diversas practicas”, dice María Rivas.
Jacinta es la primera en subir, lo hace con una seguridad que muchos no poseemos ni para movernos en vertical. En pocos segundos alcanza las alturas, me mira y sonríe, me lanza un beso incluso. Detrás de ella Guillermo y luego los demás, el último en subir es Eustaquio. A pesar de los muchos metros de altura ellos siguen con las bromas y las risas, la manzana y sus escasos 40 cm de ancho pareciera una mesa de juegos y no un ritual celebrado a ras del cielo. tengo a estos amigos con alas frente a mí, ellos me miran, me saludan, pareciera que yo estoy sentado en esa mesa.

Toman aire y se concentran para dar inicio a una de los bailes más hermosos que se hayan dedicado a los cuatro puntos cardinales, el Xiuhmolpilli adquiere otro sentido desde estas alturas. ¡Por supuesto que son águilas! “A las mujeres actuales, indígenas y no indígenas le han salido alas!”, afirma Rivas Guevara. Promueven y demandan cambios en todos los niveles de su vida, incluyendo los culturales arraigados en las tradiciones, usos o costumbres que las “excluyen o discriminan” aún sin una clara noción de lucha de género.” Jacinta vuela, es un águila libre.

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Cincuenta sombras de Grey, 
primera parte:  La mina arribista 
que no calienta a nadie

Romina Reyes y Melissa Gutierrez / The Clinic Online

No es necesario explicar que Cincuenta Sombras de Grey fue uno de los libros más leídos en el verano. En cada vagón de metro, en cada micro troncal se encontraba alguna joven o señora con el ladrillo de 600 páginas a $13 mil y algo sobre las piernas, calentándose con la historia de amor entre Christian Grey y Anastasia Steel. Por eso, en The Clinic Online nos dimos la gran paja de leer esta trilogía “erótica” para saber cuál era la gran novedad. Y llegamos a la conclusión de que es nuestro deber prevenirlos a ustedes, futuros lectores, de por qué Cincuenta Sombras de Grey tiene de liberal lo que la iglesia católica tiene de progresista.

Resumen ejecutivo: Un día Anastasia Steele, estudiante de literatura, llega al despacho de Christian Grey, un millonario joven, a hacerle una entrevista. Primera apreciación: Grey es una especie de Horst Paulmann, Andrónico Luksic o Sebastián Piñera, sólo que nadie se pregunta de dónde saca tanta plata ni si acaso se ha cagado a alguien. No, él sólo tiene plata. Y es joven y alto y mino. Un “Adonis”. Punto. No pregunten nada más.

Al momento que se ven, quedan pegados el uno con el otro, y como Christian Grey tiene plata, hace todo lo que quiere. Investiga a Anastasia, la busca, la jotea con su parada de macho alfa protector y le propone firmar un contrato para que ella sea su sumisa. Tiene sentido porque Anastasia se pasa todo el libro diciendo lo muy tímida y underground y oyente de Snow Patrol que es. Porque Grey es un sádico, pero pronto se verá que su sadismo tiene que ver con una triste infancia, puros traumas, pobre niño rico. Y al final la cosa se trata de cómo ella salva a Grey de sus traumas y perversiones con amor, no con sexo (Spoiler, perdón).

En fin, si aún no se convencen de que Cincuenta Sombras de Grey es una mierda, en esta nota, la primera de cuatro razones:

Los ricos son bacanes y les compran cosas lindas a los pobres
La primera razón, que exponemos en este artículo, es el descarado arribismo que está presente a lo largo de toda la historia.

Christian Grey es un megamultimillonario confiado, seguro de sí mismo, abacanado mientras Ana es pobre, es insegura, tímida, torpe y hipster. Lo deja claro porque escucha “rock indie” (Nelly Furtado y Coldplay), usa Converse (una zapatilla muy ordinaria), no le gusta socializar, prefiere “el anonimato de una charla en grupo, en la que puedo sentarme al fondo de la sala y pasar inadvertida” (frase textual del profundo personaje).
Y ese estereotipo se repite en todos los personajes. La amiga de Ana, Katherine también tiene plata, pero mucha plata. De hecho, ambas viven en la casa que los papás de Katherine le compraron. Y Katherine estudia periodismo, empoderada, inquisidora, y confiada. Esa confianza que da la plata. Los personajes pobres, o apenas no millonarios, en cambio, están llenos de dudas, son torpes y no encuentran su lugar en el mundo.

Una de estas personas es José, el amigo hispano de Anastasia, que es el primero de su familia en ir a la Universidad y que a Katherine no le cae muy bien (qué raro), y con el que Anastasia se siente muy a gusto porque es pobre como ella. O eso dice, hasta que se deja seducir por el dinero y las joyas; Claro, cómo no, a Christian le da celos José desde que intenta besar a Anastasia. Y obviamente la regla número uno de este libro es nunca elegir al latino.

En algún momento también aparece el padrastro de Ana, que en realidad es como su padre, el hombre que la crió. Un hombre sencillo de clase media, pero de verdad, no como Golborne. El hombre llega para la graduación de la Universidad de Anastasia y la autora se encarga de destacar que su terno le queda grande, o sea, que es cuma, de gente pobre, no como Christian que se hace trajes a la medida, lo que deja en claro cuando Grey llega a entregar los diplomas de la graduación.

El supuesto atractivo del choque de clases queda de manifiesto con el primer encuentro entre los protagonistas, donde una torpe y desaliñada Ana se tropieza y cae al suelo mientras las manos firmes de Grey la recogen hacia su mundo de lujos (algo nunca antes visto en ninguna película adolescente o teleserie mexicana). Este tono en la relación se mantiene durante toda la trilogía.

Porque parte del romance que Anastasia comienza con Christian Grey tiene su atractivo en el mundo de lujos que él le muestra. Casas enormes, viajes en helicóptero, motos de agua, fiestas de gala con máscaras, puras cosas con las que la humilde Ana queda marcando ocupado a pesar de su discurso de que eso a ella no le interesa. De hecho, al principio le “molesta” esa prepotencia de cuico, pero igual se emociona cuando él le manda los tres tomos de Tess, la de los d’Urberville, de Tom Hardy, avaluado en 14 mil dólares (unos 7 millones de pesos), que además es uno de los libros favoritos de Ana, y del cual Cincuenta Sombras se roba más de una idea. Y no hay que ser muy inteligente para saber que si vas a plagiar a alguien, al menos no lo menciones en tu escrito.
Anastasia dice y repite un montón de veces que le va a devolver los libros y que no puede aceptarlos, pero al final todo queda en intenciones porque se los deja calladita. Y por supuesto, después de los libros viene el iPod, el iPad y el Macintosh (¿Quién les dice así? ¿Estamos en 1990?), porque un hombre como él, a quien le gusta tener el control de todo, no puede permitir que ella hable por cualquier teléfono ni use cualquier computador. De hecho, él la critica porque maneja un Escarabajo, o sea, un auto súper flaite. De hecho, “queda boquiabierto” y “horrorizado” al ver el auto. Le pregunta si está en condiciones de circular y si es seguro. Lo mismo ocurre cuando Ana consigue un trabajo. “¿Para qué vas a trabajar?” le dice, “¿si lo tienes todo?”. Porque obvio, trabajar es para el proletariado y no para la gente bien. Y aunque Ana se las da de independiente y de que “quiero ganar plata” igual no más la autora encuentra recursos facilistas para entregarla a su mundo burgués de comodidad.

En el segundo libro, Christian Grey, para controlar a su mina, compra la compañía donde está trabajando de una. Así, se saca un puñado de millones de dólares del bolsillo. Y eso no es capitalista, es bacán, porque él lo hace todo por ella. Y el cuiquerío aumenta con los libros, cuando en el último Christian la lleva a una luna de miel (SPOILER, ups) por Europa y le regala una pulsera de platino lo que a ella obvio que le carga. Además, tanto le molestan los excesos que explica cada detalle de lujo que le da Grey, y lo hermosa y bacán que se siente cuando ya lo tiene todo. Una sensación de bienestar que un pobre no puede tener.


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“Es rabiosamente joven
y rabiosamente talentoso”,
dice Leñero sobre Padilla

27 de septiembre de 2012 ·



 MÉXICO, D.F. (apro).- Con el discurso Elogio de la impureza, el escritor Ignacio Padilla se convirtió esta noche en miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. La disertación fue respondida por el dramaturgo y periodista Vicente Leñero.
A continuación, el texto del autor de Los albañiles.
Señor director de la Academia Mexicana de la Lengua, don Jaime Labastida, queridos compañeros académicos, respetable concurrencia:
Parafraseando a quien empieza parafraseando el incípit fundacional de la primera gran novela mexicana de exportación, me siento impulsado a parodiar: vine a la sala Manuel M. Ponce porque me dijeron que hoy, 27 de septiembre de 2012 –año de la medalla olímpica del futbol mexicano–, Ignacio Padilla, un chamaco, un pibe, un chaval, un ñero, iba a pronunciar su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua como miembro correspondiente en la ciudad que tiene el nombre más bello, más eufónico –dice él– de la lengua española: Querétaro.
Don Ignacio Padilla, o simplemente Nacho, nació en 1968 lueguito de Tlatelolco. Suma apenas cuarenta y tres años –como la generación de mis hijas, oh Dios–, lo que establece un contrapunto notable con la mayoría de nosotros, los académicos viejos o los viejos académicos que nos vamos cayendo a cada rato como soldaditos de plomo, a canicazos.
Es rabiosamente joven y rabiosamente talentoso. No exagero el término: basta con leerlo o con escuchar ahora su discurso para demostrar la puntualidad del cebollazo.
Pertenece en su origen literario a una pandilla de escritores de su edad que para chacotearse, al parecer, de ese boom inventado por las editoriales hispanoamericanas en los años sesenta, o para coligarse con el ruido de sus figuras paternas, se autodefinieron con el sonoro término de un huevo que se rompe al brotar el polluelo, de una rama que se quiebra al clamor de “ahora vamos nosotros”: el publicitado crack.
Encabezado por Ignacio Padilla, Jorge Volpi, Pedro Ángel Palou, Ricardo Chávez Castañeda, Vicente Herrasti… la pandilla de cuates, luego de publicar un texto sobre su postura literaria –Instrucciones de uso–, se dio a la tarea de piar libros y cacarearlos con tino hasta que algunos consiguieron –crack, crack, crack– sembrar sus novelas con montañas de ejemplares en las librerías de México y del extranjero –las he visto en Madrid con azoro y sana envidia– y conseguir traducciones como quien palea grava y arena para el cemento de un camino cultural.
Entre los importantes de nuestra joven y vigorosa literatura mexicana del día de hoy, los chamacos del crack no son los únicos, por supuesto. Ahí están, enunciados al botepronto: Álvaro Uribe, David Toscana, Cristina Rivera Garza, Rosa Beltrán, Juan Villoro… Tantos más. Casi todos han rehuido, no desechado por decreto generacional, el mexicanismo del nopal y el llano en llamas, pero sí rescatado de sus mayores eso que llamamos, mordiéndome la lengua por su compleja explicación, la voluntad de la forma, el impulso de la experimentación narrativa. Es decir: los juegos con el tiempo, la versatilidad de los puntos de vista, la identidad enigmática de los personajes, las vueltas de tuerca, la materia oscura de lo que llamamos misterio, la precisión de una sintaxis que desentierra palabras sepultadas y construye edificios verbales sorpresivos…
Ignacio Padilla es un brillante ejemplo de esa narrativa empeñada en someter el qué de la historia a un exigente cómo. Cómo engarzar los elementos de una aventura de la imaginación tomando en cuenta a un lector igualmente creativo, capaz de acompañar al autor, a veces con repelos por tantos enredijos, en la necia aventura de vivir, de sufrir, de reír, de morir.
Nuestro querido Nacho –que es a quien me corresponde celebrar hoy, con mi sincero agradecimiento por haberme elegido para escoltarlo– tiene sobrados méritos de académico. No solamente por su amor a las palabras y su facilidad para decir lo que quiere decir con la alegría de su sintaxis pirotécnica, sino también, sobre todo, porque entiende ese engorroso fenómeno de “lo académico” en medio de una búsqueda artera para la desmitificación de la solemnidad.
Observados así como nos presentamos esta noche –cariserios, trajeados de oscuro, encorbatados y con el dogal de la venera–, los académicos producimos sin duda un efecto de solemnidad. No es errática la percepción de tal imagen, pero advierto: es un signo poético –me atrevería a decir– de respeto a lo que hacemos. De seriedad ante el mandato de cuidar el lenguaje heredado, de normarlo, de preservar su origen y su esencia, de saborearlo.
Durante décadas y siglos se quiso ver a la Academia, por amor de esa imagen hierática y solemne, la figura de un padre quisquilloso y regañón que cuida de ese niñolenguaje para que no se enlode en la impureza, para que no retobe, para que no se pierda en la compañía del malhablado de la calle que repite vocablos impropios. Pero los chicos crecen, mamita –diría Luis Sandrini–, y ese niñolenguaje se escapa por dondequiera para transitar las calles tenebrosas del vulgo que celebraban Lope y Cervantes y de ahí recoger palabras nuevas, palabrotas a veces, con las que se enuncia ya, sin eufemismos, lo que simplemente es. La grosería. El desgarriate. El neologismo impuro. El habla de la gente capaz de inventar o resucitar términos para convertir lo coloquial en una dramaturgia verosímil.
La Academia solemne –como la entendemos hoy, es decir, antisolemne– observa ya sin repudio el fenómeno de ese niñolenguaje convertido en mayor. Entre innúmeras tareas literarias de exploración y análisis, corrige, sí, gramática –sintaxis, ortografía, sentido– al tiempo en que registra, sobre todo valora y analiza, cómo se van modificando términos y modos de decir y escribir en el espacio abierto de pueblos, de regiones, de países que habitan con nuestra misma lengua.
Es notable el esfuerzo que realiza hoy la Academia Mexicana de la Lengua, por poner un ejemplo, para censar el habla del español local. El diccionario de mexicanismos, siempre en proceso y bajo la responsabilidad de la tenaz lexicógrafa doña Concepción Company Company, es una muestra de la flexibilidad con que se asume la investigación enfocada a saber cómo hablamos los que hablamos este bello idioma mexicano.
Entre lo ideal y lo real de una lengua orgullosamente manchada, “la lengua de la tribu” –según nos acaba de recordar Nacho Padilla–, entre la paradoja del Cervantes rechazado por la solemnidad y el Cervantes convertido en el profeta mayor de una academia como ahora sabemos entenderla –elástica y exigente– se produce la síntesis perfecta de una vital aspiración común, social, patriótica me gustaría subrayar: la defensa de nuestro lenguaje frecuentemente ofendido tanto por los puristas como por los malos escritores.
No deseo dictar la solapa completa de don Ignacio Padilla; prolongaría demasiado estos apuntes sobre el académico correspondiente en el histórico Querétaro.
Abrevio.
Estudió comunicación en la Universidad Iberoamericana, literatura en Sudáfrica y Escocia y se graduó como doctor en filología por la Universidad de Salamanca. De ahí le viene, creo, de su conocimiento, de su rigor de lingüista y de sus hábitos de lector compulsivo, esa veta cervantina poco frecuente en los escritores de su generación, y delatada por él mismo en un ensayo tan ambicioso como divertido: El diablo y Cervantes. Proviene, sin lugar a dudas, de su tesis doctoral de 1999 en Salamanca titulada El diablo y lo diabólico en la obra de Miguel de Cervantes. En ese jugoso ensayo de más 350 páginas y siete años de manía por el autor del Quijote –como lo ha evidenciado ahora en su discurso de ingreso–, el soldado de Lepanto se ve acompañado por un escudero que esta vez no es el Sancho Panza de su extraordinaria historia, sino una obsesión cervantina: el Diablo, el Maligno, la Bestia, Satanás… Padilla describe el fenómeno desde una perspectiva profundamente religiosa y socarronamente inquisitorial.
Numerosos textos breves y extensos –hasta una pieza dramatúrgica y algunas obras teatrales para niños– ha escrito nuestro nuevo académico. Y muchos premios ha ganado con ellos. A premio por obra, casi, lo que se antoja un hecho excepcional.
Cito algunos para demostrarlo. Premio Ediciones Castillo. Premio Kalpa de Ciencia Ficción. Premio Juan de la Cabada. Premio Juan Rulfo. Premio de Ensayo José Revueltas. Premio de Ensayo Rousset Banda por El diablo y Cervantes. Premio Mazatlán. Premio Málaga. Premio Semana de Gijón. Premio La Otra Orilla… Y siguen. Uf.
Nuestro amigo escritor, digo para concluir, es puntilloso con su prosa tallada como un árbol que se vuelve escultura. Es obsesivo en su empeño por florecer palabras que parecían perdidas. Es delicioso en ese humor escondido que delata un credo: toda narración es un juego, toda novela es un thriller, porque impulsa al lector a desentrañar, como el clásico inspector policiaco, las claves no necesariamente de un crimen sino del maravilloso misterio de la ficción, remedo siempre de la vida.
Para la Academia Mexicana de la Lengua representa una real ventura contar entre sus huestes a Ignacio Padilla: un chamaco irreverente de apenas 43 años.