miércoles, 1 de noviembre de 2017

Astros de Houston, campeones

de la Serie Mundial del Béisbol


domingo, 29 de octubre de 2017

Meade a Proceso: “La pobreza,
la gran deuda del país”



Carlos Acosta Córdova/ proceso.com.mx

José Antonio Meade Kuribreña, secretario de Hacienda y Crédito Público y el más aventajado de los aspirantes del PRI a suceder a Enrique Peña Nieto, lo tiene claro: “En las dimensiones sociales, en el reto de abatir la pobreza, es donde tenemos la deuda más grande con el país; es ahí donde la economía mexicana tiene la agenda más inacabada”.

Reconoce también que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte fue excluyente, no generó los empleos ni el crecimiento económico prometido, pues sólo apostó al sector externo sin impulsar medidas para fortalecer los motores de la economía interna.

Pero también defiende el espectacular crecimiento de la deuda pública y el aumento a los precios de las gasolinas, así como rechaza que las reformas estructurales, por no generar el crecimiento económico prometido, hayan sido un fracaso.

En entrevista con Proceso, el martes 24, acepta hablar lo mismo de economía que de política, pero es parco cuando se le pregunta por sus “posibilidades” presidenciales.

Escurridizo en los temas políticos, dispuesto pero desesperante en sus respuestas –no se anima a ser claro y directo en materia económica y financiera, ámbito en el que ha ejercido más de 26 años–, Meade se abre apenas un poco. Muestra sus tablas, sus conocimientos, su experiencia, pero no cede a provocaciones… y también es evasivo, pero sobre todo desborda un optimismo que todo lo ve bien ahora y avizora un futuro promisorio. “Estamos en la ruta correcta”, dice.

Meade –de 48 años, abogado por la UNAM, economista por el ITAM y doctor en economía por Yale– ha servido a gobiernos panistas, pero no es miembro del PAN. También lo ha hecho en administraciones priistas, pero tampoco es militante del PRI. Eso sí, en las elecciones de 2012, tras más de cinco años sirviendo a Acción Nacional y siendo secretario de Hacienda en el último año del gobierno de Felipe Calderón, votó por Enrique Peña Nieto.

Por no ser militante priista, pero sí uno de los favoritos de Peña Nieto a sucederlo, el PRI debió modificar sus estatutos para que pudiera competir por la candidatura presidencial de ese partido.

Indefinición

–Conforme se acerca el tiempo de decidir las candidaturas presidenciales, está claro que usted es el más visible, el que más se mueve, el que más simpatías concita. Basta ver cómo lo recibieron y despidieron en las cámaras de Diputados y Senadores, como candidato de facto. Es el gallo, sin duda, de los empresarios. Es la estrella en los foros públicos.

¿Cómo aprecia todas esas muestras de reconocimiento, de confianza, de preferencia?

–He hecho una trayectoria de servicio público, he buscado desde mi familia la vocación de servicio público en los espacios que se me han ofrecido desde la administración. Y siempre en el servicio público el hecho de que ese trabajo, ese desempeño, sea reconocido, pues es algo que uno agradece y que a uno lo distingue.

–¿Pero eso lo convence, le da ánimo para decir: “Sí voy”. “Sí quiero ser presidente”?

–Me da ánimo y energía para seguir en el esfuerzo y para seguir en el desarrollo de una trayectoria de servicio público, con independencia de lo que esa trayectoria depare.

–¿Por qué tan parco, secretario? Hace dos meses platicamos muy en confianza y me dejó la impresión de que le gustaba más el Banco de México que la Presidencia. No me lo dijo abiertamente, pero con esa impresión me quedé, por lo que me decía de la mala relación con Estados Unidos, el Congreso dividido aquí, la interminable guerra contra el narcotráfico, entre otras cosas. Pero desde hace rato ya no lo veo así. Los procesos se acercan. Regálele a nuestros lectores una respuesta más clara. ¿Le gustaría la Presidencia antes que el Banco de México?

–Es cierto que he sido consistente en mi respuesta, porque los tiempos, los desempeños, el encargo, tienen también sus propios calendarios, y conforme a esos calendarios, sin ser ajeno al contexto electoral, sin ser ajeno a las expresiones que yo agradezco, hoy me siguen teniendo en condición de secretario de Hacienda y cumpliendo con mis responsabilidades.

–Hay una parte de su discurso político que no me gusta. Varias veces se ha referido a la “generosidad” de la clase política mexicana. Al término de su comparecencia en la Cámara de Diputados, el jueves 5, hizo una verdadera apología de la clase política nacional: que gracias a ella hemos podido “construir en democracia”, sacar adelante los paquetes económicos de cada año, generar consensos… Yo no he visto esa generosidad ni las virtudes y bondades que le ve usted a la clase política del país. Yo más bien he visto mucha mezquindad y un profundo afán por cuidar los intereses personales y de partido.

“Es público que en materia de reformas estructurales, para conseguir las mayorías necesarias para aprobarlas, muchos diputados recibieron ‘gratificaciones’ para dar su voto en favor. Y lo que ya es una costumbre, y sabido públicamente, es lo de los famosos ‘moches’. ¿Qué dice de todo esto?”

–Mira, si uno revisa de 1997 para acá, este es un país sin mayorías, este es un país que ha construido en pluralidad. Si uno revisa en el extremo, en la última parte del sexenio del presidente Calderón, menos de la tercera parte de los diputados eran del partido del presidente en ese último tercio. Y el país enfrentó contextos difíciles.

“Si uno revisa una forma de medir el riesgo país, es viendo cómo cotizan los CDS (credit default swap), lo que paga uno para asegurar la deuda de México. Poquito antes de que se aprobara la reforma de 2009 (el año más crítico de la crisis internacional, que significo un severo desplome de la economía nacional), la prima que tenía que pagar México alcanzó su máximo histórico en más de 600 puntos base, creo que eran 635 puntos base, al poco tiempo de aprobar la reforma se recuperó la confianza en el país.

“Y sí, creo que hay ciertamente incidentes de reformas que se quedaron cortas (el sexenio pasado), esfuerzos que no lograron un entorno o un balance legislativo adecuado, pero también puede uno acreditar que hubo muchas reformas profundas, las que aquí referimos, pero muchas instancias donde en momentos difíciles los partidos se pusieron de acuerdo para darle al país los elementos que necesitaba para enfrentar espacios muy complicados.

“Y creo que a quien habría, si acaso, que reclamarle es a quien no ha sido parte de esos diálogos. Los consensos pueden haber sido insuficientes, nos pudimos haber quedado cortos, pero nunca nos faltó un consenso, y se construyeron en momentos bien difíciles, al amparo de decisiones bien complicadas.

“Y creo que eso abona a favor del diálogo, eso abona a favor de ser capaz de anteponer intereses, eso abona a favor de que en estos últimos 20 años nadie ha ganado todo, nadie ha perdido todo, y todos hemos estado en la posibilidad de dialogar y generar consensos que le han permitido al país transitar por momentos muy difíciles.”

–No entiendo… ¿los “moches”, las prebendas, tienen que ser parte de los acuerdos, de los consensos?

–Yo no tengo ninguna duda de que las negociaciones, todas, y los consensos, deben hacerse sobre bases transparentes, y sobre bases de las que debamos y podamos sentirnos contentos, orgullosos, y sobre bases, además, de las cuales puedan rendirse cuentas.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Va Kumamoto por candidatura
independiente al Senado


Francisco de Anda/ reforma.com

Pedro Kumamoto presentó ante la Junta Local del Instituto Nacional Electoral (INE) su carta para manifestar su intención de buscar las firmas necesarias para postularse como candidato independiente al Senado.

Kumamoto entregó la documentación que respalda la creación de una asociación civil para este fin, el alta ante la Secretaría de Hacienda, una cuenta bancaria y un correo electrónico 
para recibir notificaciones.

A pregunta expresa, dijo que las firmas de apoyo ciudadano no solamente las va a recolectar en la zona metropolitana de Guadalajara, sino también en el interior del estado.

"Parte de la lógica de estar aquí es reconocer que existe una emergencia en todo el estado, no solamente la zona metropolitana padece de la inseguridad, no solamente en la zona metropolitana viven la desigualdad, la pobreza, la corrupción y la impunidad de nuestras autoridades y, por lo tanto, la intención siempre es ver al estado en su totalidad y no de la forma centralizadora".

Kumamoto, quien deberá reunir 115 mil firmas a partir del 11 de octubre y durante 90 días, rechazó que esté incurriendo en la práctica del 'chapulinismo', la cual han ejercido algunos políticos en los últimos años.

Prueba de ello, dijo, es que serán los propios ciudadanos quienes decidirán si apoyan o no su postulación a la Cámara alta.

"Si las personas lo desean, me pueden dar la posibilidad de un registro llegado su momento, si no pueden negármelo", sugirió.

 "El trabajo que hemos hecho en el Congreso da fe que hemos entregado cuentas del 90 por ciento de lo que nos comprometimos a hacer.

"Ese otro 10 por ciento no se va a poder lograr porque, en algunos casos, esas propuestas quedaron sin efecto al haber funcionarios públicos que hicieron bien su trabajo y que dejaron sin efecto el trabajo que habíamos hecho y, en otro, por un mal diagnóstico".

Juanita Delgado acompaña a Kumamoto en la fórmula para el Senado de la República.

 Como aspirantes a diputados federales independientes fueron registrados Pablo Montaño por el distrito 8, Rodrigo Cornejo por el 10, y Alberto Valencia por el distrito 13.

domingo, 1 de octubre de 2017

‘La Pulga’, el fontanero
solidario


Un plomero y luchador amateur viaja 500 kilómetros para auxiliar en el rescate de las víctimas del terremoto del 19 de septiembre
Luis Pablo Beauregard/ elpais.com

150 centímetros y 45 kilos. Basta echar una mirada a Juan Ramón Santos Silva para saber por qué un extraño lo bautizó como La Pulga. El apodo nació en medio del desastre. Un brigadista que trabajaba en las zonas de derrumbe tras el terremoto del pasado 19 de septiembre fue quien le encasquetó el mote después de verlo emerger de un hueco de 80 x 90 centímetros. En la emergencia no hubo tiempo para preguntarse los nombres. Fue la camaradería de quienes buscan salvar vidas la que permitió la confianza. “Así me empezaron a decir todos”, cuenta este hombre de 32 años con cuerpo de adolescente.

La vida de Juan Ramón cambió, como la de muchos, la tarde del 19 de septiembre. Aquella tarde estaba en Guadalajara, Jalisco, donde trabaja de fontanero instalando calentadores eléctricos. Los fines de semana, sin embargo, Juan Ramón cambia de llaves. Se enfunda una máscara y se convierte en Mini Reo, un luchador amateur que divierte a los niños sobre el ring de una arena de Tlaquepaque.

Juan Ramón intentaba digerir las malas noticias tras el terremoto a través de la pantalla del televisor. Fue el rescate de los menores del colegio Enrique Rébsamen el que lo llamó a la acción. “Soy de las personas que llora en silencio, no lloro delante de la gente. Dije: ‘tengo que estar ahí’. Me partió el alma”, dice. Empacó dos pequeñas mochilas: una con ropa y otra con material médico para donar.

Recorrió más de 500 kilómetros en autoestop. La crisis lo hizo visitar la capital mexicana por primera vez. Durante el camino se imaginó una y otra vez una escena donde salvaría a los niños atrapados bajo los escombros. Pero fue recibido por una ciudad inmovilizada por el caos. Nunca pudo dar con la escuela en la que soñó sus rescates. Le fue más fácil seguir las direcciones al derrumbe de Álvaro Obregón 286.

Zona cero. La Pulga asciende el edificio en ruinas. “Cuando subí había un hueco y me metí sin protección y sin nada. Cuando me meto comencé a sentir partes humanas. Fueron las dos primeras personas que encontré”. El rescatista había pasado su bautismo de fuego. Un militar quedó sorprendido por su astucia para moverse entre los cascotes. El soldado le recomendó ir al derrumbe a espaldas del edificio, en Amsterdam entre las calles de Huichapan y Cacahuamilpa.

“Cuando llegué me metí a un portón y empecé a oler como los chuchos. Empecé a mover piedras. Dos del Ejército venían detrás de mí. Cuando comencé a mover los escombros sentí pelo humano. Había una persona ahí”, relata. Juan Ramón pasó cerca de 72 horas sin dormir. Su combustible eran chocolates y bebidas de taurina y líquidos para prevenir la deshidratación.

-¿Qué se ve allí adentro?

-No se ve nada aunque tengas un sol esplendoroso o las luces más potentes. Adentro es totalmente oscuridad. Cuando estás allí los sentidos que debes tener muy presentes son el oído y la agilidad. Si oyes algún ruido te tienes que mover. Un segundo sonido quiere decir que la cosa va para abajo.

La Pulga dice no sentir miedo. “Antes de meterme me persigno porque yo soy católico. Pongo la mente en blanco de que nada va a pasar”. La inmersión es sin casco. Solo con cubrebocas y lentes. Ya entre los escombros va arrastrándose y dejando una marca, que él compara al rastro que van dejando las serpientes, y le sirve para volver. Al reptar avanza los brazos como si fueran pasos. Cuenta: uno, dos, tres… Toca algo. Lo marca. Marcha atrás.

El método es falible. El domingo se desorientó entre los escombros y se perdió durante dos horas. 120 minutos entre la destrucción. El laberinto se convirtió en una pesadilla. “Vi muchas cosas… más que nada cuerpos”, dice antes de hacer una pausa y tomar aire. El rostro muestra el esfuerzo por reprimir una arcada. No solo se le impregnaron las imágenes en la memoria. También el fuerte olor a muerte. “Allí adentro me maree y quise perder el conocimiento”.

La Pulga está de vuelta en Guadalajara. La experiencia de esta semana le ha dejado muchas cosas. Las buenas, un grupo de nuevas amistades. Capitalinos que le abrieron las puertas de su casa para que pudiera descansar. La mala, un insomnio que lo hechiza con las terribles imágenes que vio en los sitios de la tragedia. Sus amigos citadinos confiesan que están buscando a un psicólogo que pueda tratarlo. El fontanero que llegó a México con lo puesto regresó a Jalisco con una pesada carga de estrés postraumático y una carrera de rescatista en ciernes.

“Mi mánager de la lucha me va a pagar un regañadón, pero no importa. Lo importante es ayudar…. No importa si eres luchador con máscara o sin máscara o si eres un extraterrestre. Lo importante es que la sociedad sepa quien es La Pulga”.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Los dos diecinueves


Fabrizio Mejía Madrid/ proceso.com.mx

Veo a un chavo, todavía con los guantes polvosos, el casco sobre los ojos y una pequeña pala en la mano, dormido. Sólo lo ha vencido el sueño. No lo ha hecho ni la ciudad sonando día y noche a ambulancia, a policía, a las radios, ni los encasquetados de la Marina tratando de impedirle el paso a su derrumbe. Es suyo. Conoce cada piedra, cada varilla, cada grieta. Sabe qué hacer exactamente y en cada instante porque no depende de un plan o un protocolo de “experto”. Él sabe que los que alcanzaron a salir del edificio le dijeron que trabajaban ahí 60 personas, no 28, así, sin nombres, como asegura la autoridad. Él sabe que Javier, el que está allá, tomando agua, ha tenido los ojos llorosos desde las tres de la tarde hasta el anochecer porque no encuentran a su hermano, Gustavo. Siente la frustración de golpear con un mazo la losa sólo para encontrar abajo una igual. Siente la sed de los sorbitos de agua con caliche cada que el agotamiento le gana a las ganas. Nada lo ha derrotado sino un sueño, como un desmayo, recargado contra un árbol. Lo veo y recuerdo el otro 19 de septiembre, el mío, el de 1985, en el que no comíamos ni bebíamos porque la ayuda era exclusivamente para los damnificados. 

Aquella vez nos dormíamos igual, a ratitos, más de hambre que de cansancio y, a veces, del tedioso ruido de los picos sordos aguijoneando el concreto. Nos cansábamos de la oscuridad de la ciudad como cueva. Nos extenuaba buscar y no encontrar. Remover con las manos la ciudad que pesa, atiborrada de pesar. Nos despertaba, de pronto, el silencio, la señal de que alguien, allá abajo, se había movido, gritado, golpeado una tubería. Entonces, ponerse de pie, otra vez, esta vez sí sacaremos a alguien con vida del infierno aplastado, de aire desmenuzado, de penumbras calladas. Ese sigue siendo el sueño en este otro 19 de septiembre –maldito sea, porque nos obliga así a recordar de lo que somos capaces–: restaurar, recuperar lo ido para siempre.

Pienso en El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. El chico expulsado de la escuela, Holden Caufield, protege durante todo su viaje de vuelta a la casa paterna un regalo para su hermana pequeña, Phoebe: un disco de acetato. Al llegar a dárselo, el vinil se ha roto en mil pedazos. Ella, en su inocencia, le pregunta por qué mejor, en lugar de llorar, no le ayuda a pegar los fragmentos. Holden no sabe cómo explicarle que hay cosas que no se pueden pegar, que quedan rotas para siempre. Pienso en eso y cómo la ciudad se vuelca, no a tratar de adherir fracciones del disco de Phoebe, sino de tararearle las canciones que contenía. Es lo único que podemos hacer, también esta vez. La canción, además del “Cielito lindo” que apareció ahora en los derrumbes, es la misma: la idea de una comunidad que puede tolerar que el Estado administre a su capricho los impuestos y la policía, pero que no lo autoriza a intervenir cuando se trata de salvar personas. Se le da el permiso de matar, no de restaurar. Esa apropiación súbita es de la sociedad civil, la comunidad de la urgencia, la que se reúne porque sabe que algo tan delicado como salvar no puede dejarse en manos de los poderosos.

El puño levantado al aire es la señal de los rescatistas para ordenar silencio. Esa autoridad, que no es legal ni electa, pero que es democrática en sentido profundo, reintegra al imaginario resistente el puño de la indignación de la Marcha del Silencio en 1968. Ese puño señala una forma distinta del silencio. No es más el sigilo o el ocultamiento de la complicidad en lo ilegal o de la resignación ante la represión. Tampoco es el coraje ante la crueldad e impunidad del Estado. Es un momento de expectativa en las avenidas de brigadistas de chalecos fluorescentes. Es el silencio que se aprovecha para murmurar. Dos chavos se señalan los antebrazos donde han escrito con tinta indeleble sus nombres y teléfonos. Es claro que es una medida de seguridad por si se quedaran atrapados en el subsuelo. Porque –hay que recordarlo– hay una posibilidad de que tratando de jalar a un sobreviviente, él te jale a ti al infierno de la penumbra, el polvo, el olor a gas, las tuberías rotas. De los ruidos de los desvaríos de la tierra. Uno le advierte al otro que se ha escrito como tatuaje su propio teléfono celular.

–Debiste poner el de casa de tu mamá.

–¿Por qué?

–Imagínate que quedaste atrapado. Te vas con todo y tu celular.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Diez veces más débil
que el de 1985…



Los atlas de riesgo no sirvieron para evitar la catástrofe; sólo nos indicaron dónde tendríamos que buscar a los muertos: en los mismos lugares que hace tres décadas.

Juan Carlos Ortega Prado/  proceso.com.mx

Les recuerdo algo: la “escala sísmica de Richter” es logarítmica (base 10), y no lineal. Esto significa que un terremoto de 8.1 grados tiene una magnitud 10 veces mayor que uno de 7.1 (y no es sólo 10% u 15% más fuerte, como podría pensarse). Dicho de otro modo: ayer, un sismo con una magnitud diez veces menor que el de 1985 derribó unos 40 edificios y mató a casi 100 personas en la Ciudad de México.

En resumen: en 32 años no aprendimos un carajo. Una escuela y un taller textil se nos derrumbaron; se siguieron dando permisos para construcciones de papel; se permitió que gente viviera en edificios viejos y dañados (y gente decidió vivir en edificios viejos y dañados); Protección Civil no hizo las revisiones suficientes, las hizo mal o a nadie le importaron; nuestra conciencia y capacidad de exigir tampoco avanzaron, y a nadie le interesó explicarnos la diferencia entre magnitud e intensidad, así que hoy descubrimos azorados que no estábamos en manos de la planeación y la prevención, sino de la suerte, y que un terremoto 10 o 15 veces menor que el de 1985 puede tumbar la capital del país.

Los atlas de riesgo no sirvieron para evitar la catástrofe; sólo nos indicaron dónde tendríamos que buscar a los muertos: en los mismos lugares que hace tres décadas.

Cuando estudié periodismo y revisé lo que se había escrito del terremoto del 85, me llamó la atención un hueco: apenas había reportajes sobre las sanciones que habían recibido los empresarios que levantaron edificios de porquería; apenas había textos sobre los castigos impuestos a los funcionarios que lo permitieron. La razón era simple: nunca hubo tales castigos, nunca existieron dichas sanciones.

Pero entonces como hoy existen responsables que tienen nombre y apellido, protectores y cómplices, intereses y fortunas. ¿Quiénes dieron los permisos de construcción? ¿Quién no hizo su trabajo? ¿Por qué se cayeron escuelas, supermercados y edificios de departamentos si por norma deben tener mucha mayor resistencia a los sismos? ¿Por qué se cayó un puente en el Tecnológico de Monterrey, si esa universidad está especializada en la formación de ingenieros? En 32 años, ¿no tendríamos que habernos preparado para un temblor de mayor intensidad incluso que el del 85, y no estar penando por uno mucho más débil? ¿Qué papel jugaron la gentrificación y la burbuja inmobiliaria? ¿Cuál la ignorancia? ¿Qué responsabilidad tenemos los ciudadanos? ¿Qué vamos a exigir ahora?

En medio de este océano de pasmos sobresale una verdad: el terremoto mató a pocas personas; la impunidad, a la inmensa mayoría. No era inevitable que el terremoto dejara tantos daños.

No faltará el politicastro que sugiera que, para el tamaño del sismo, 200 o 250 muertos fueron pocos; que culpe a la cercanía del epicentro por los daños en la Ciudad de México; que se enorgullezca de la reacción oficial, que –como el gobernador Graco Ramírez– quiera darle carpetazo al asunto y pasar a otras cosas. Pero insisto: los hechos son que un terremoto de una magnitud diez veces menor a la del 85 colapsó a la capital del país, que la inmensa mayoría de rescatistas improvisados fueron ciudadanos (es decir, que el gobierno fue superado, de nuevo), que de un universo de decenas de miles de edificios “bastaron” 40 edificios derrumbados para ahogar la capacidad de nuestras autoridades.

El Estado falló. Su principal función es la de garantizar la seguridad y volvió a incumplir. Y no nos engañemos: los ciudadanos no somos la prioridad de la clase política. El furor con que los partidos claman por dinero para sus campañas, por ejemplo, no se compara mínimamente con el que han solicitado para este desastre.

Estamos parados sobre un antiguo lago y una zona sísmica. También estamos parados sobre la ignorancia y la impunidad. Pero también podemos pararnos sobre nuestros propios pies, levantar el puño, gritar “¡Silencio!” y escuchar con atención de dónde se resquebraja nuestro país.

—Con información de Alba María Medina Marín


En Twitter: @JCOrtegaPrado